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CRISTINA
Semblanzas de su historia y de sus gentes

Cuentos y relatos globales. 15.03.09 

Francisco Sancho Gonzalez. sanchobcn@hotmail.com  
A modo de presentación

Este relato quiere ser un reconocimiento a las gentes de este pequeño pueblo, mi pueblo, especialmente a un grupo de sus vecinos/as que en los años más duros de posguerra, de hambre y represión tuvieron el valor de levantar la cabeza y organizar la defensa de los derechos y la dignidad de los más débiles, aquellos, que habiendo defendido los ideales de la República fueron derrotados, represaliados y humillados por el franquismo.
Pero el reconocimiento se hace extensivo a todos los habitantes, independientemente de sus creencias políticas, religiosas o incluso si nos las tienen. Se pretende que de forma desenfadada  aparezcan situaciones y momentos relevantes que marcaron los tiempos por venir.
La aparición de motes o apodos responde a la forma en que se nombraba habitualmente a las personas que aparecen, pues estoy convencido que algunas de ellas no serían reconocidas solo por el nombre y apellidos.
Se trata en definitiva de recuperar una parte de la historia colectiva de Cristina cual por haber transcurrido clandestinamente no es conocida en su dimensión justa por la mayoría de la población.

CAPÍTULO 1

El enclave

En Badajoz, a unos 25 kilómetros equidistantes de las tierras de Barros y la comarca de la Serena se encuentra este pequeño pueblo de 500 habitantes. A dos kilómetros de otro más grande Guareña de tierras muy fértiles y de gran riqueza agrícola. A cinco kilómetros de Oliva de Mérida, un pueblo que durante muchos años fue propiedad en un 80% del conocido Marqués. A unos 10 kilómetros por el oeste se encuentra VillaGonzalo, la tercera población más próxima a Cristina.

El término municipal de Cristina está situado en los límites de estos tres más próximos. Por el sur colinda con la dehesa del Rincón, separado de ella por un amplio camino conocido como El Cordel, que llega hasta las frías tierras de Ávila y la Sierra de Gredos. El Cordel existe desde la Edad Media y hasta hace unos años era el camino utilizado para el traslado de grandes rebaños de ovejas desde Salamanca, Ávila y norte de Cáceres hasta las más cálidas hierbas y pastos de las grandes dehesas incultivadas como El Rincón, La Garza, La Moneda y otras cuantas de la zona en las que permanecía el ganado bovino hasta avanzado el otoño.

La única industria ya casi centenaria era de dos molinos y una molineta de aceite y tres tejares para la fabricación manual de tejas y ladrillos. Dos pequeñas zapaterías manuales completaban el cuadro en este apartado.

La instalación de la energía eléctrica administrada por el empresario de Villagonzalo, hijos de Jacinto Guillen de Hiberduero, supuso un cambio revolucionario en las condiciones de vida que tuvo su mejor aprovechamiento industrial en los molinos de aceite. En el uso doméstico cambió por completo el alumbrado que hasta entonces se hacía con candiles de aceite.

Cuentan los mayores del lugar anécdotas de lo más variadas y cómicas producidas con la llegada del fluido eléctrico. Alguno pretendió encender el cigarrillo con la bombilla.

Las economías familiares eran autárquicas, basadas en el autoabastecimiento. Las familias acomodadas tenían hornos de pan en sus casas y hacían la matanza de cerdos con las que se procuraban tocino, chorizos, morcillas, etc, para todo el año. El jamón era el lujo.

De Guareña está separada por un riachuelo, el Cebrial, a mitad de los dos kilómetros de distancia de los núcleos urbanos, y por Valdearenaless en la zona este. De Oliva de Mérida por Los Caleros, una amplia extensión de olivares, y por la Dehesa Bollar (o comunal en el argot del pueblo, La Gesa).

Por el sudoeste, en una especie de punta, limita con las tierras de Villagonzalo.

La economía local era fundamentalmente agrícola y ganadera perdiendo esta última un peso relativo respecto de la primera en los treinta últimos años.

La propiedad de sus variadas tierras es muy desigual desde siempre, aunque ha variado considerablemente en este último periodo. Cinco familias: Mancha, Parejo, Gómez, Mendo y Frutos, poseían las propiedades más extensas y ricas. Otra veintena de propietarios medios completaban las familias más acomodadas. El resto de la población eran minifundios, propietarios de una o dos pequeñas parcelas de tierra, insuficiente para vivir de ellas, dependiendo por tanto del trabajo por cuenta ajena o de las mil y unas formas para ganarse la vida.

CAPÍTULO 2

Proclamación de la  República

Las gentes de Cristina se sumaron con mayoría aplastante a la proclamación de la República. El Ayuntamiento elegido estaba presidido por Domingo González “Dominguito” como Alcalde y Francisco Pérez Maraña como Teniente de Alcalde.

Las gentes humildes que hasta entonces no habían tenido influencia en las decisiones políticas estaban eufóricas de republicanismo. Sobre todo al comprobar que los caciques que obligaban a sus criados más fieles a llevar a votar a todas sus familias a las candidaturas conservadoras habían sido ampliamente derrotados.

Se multiplicaban las arengas republicanas, se explicaba por los más lúcidos el significado de la revolución bolchevique en Rusia, se asistía a los mítines improvisados u organizados.

En Guareña tuvo una gran trascendencia el discurso en uno de aquellos mítines de la Diputado Provincial del Partido Socialista, Margarita Nerques, al que habían asistido un buen número de cristinejos. Después estuvieron bebiendo algún vino de más en las tabernas del pueblo vecino. A su regreso, caminando los dos kilómetros por la carretera de tierra y piedras, cantaban el himno de Riego: “Si los curas y frailes supieran, las palizas que les van a dar, colgarían sus hábitos negros, y votarían por la libertad”. Tras el cante gritaban “Viva la República, muera Manuel Cano””, en referencia a Manuel Rodríguez “el Cano” de mote, un pobretón muy partidario de los caciques y conservadores, por lo que se había granjeado las antipatías de nuestros republicanos.

Se desarrolló el anticlericanismo, como consecuencia de los largos años en que la Iglesia y el poder político caciquil habían sido la misma cosa.

CAPÍTULO 3: El levantamiento franquista y la guerra.

Los Nacionales no tuvieron ninguna influencia en el pueblo con el levantamiento de Franco y un reducido grupo de generales y el apoyo de la Conferencia Episcopal Española.

“Dominguito” el alcalde y Fco. Pérez, Segundo Alcalde, protegieron a algunos de los caciques locales de las intentonas de un grupo de ácratas guariñejos que en una ocasión se presentaron en el pueblo armados con fusiles y pañuelos rojos en el cuello para “ajusticiar” a los terratenientes conspiradores contra el gobierno legal de la República. En la puerta del Ayuntamiento, pues no les dejaron entrar, el Teniente Alcalde rodeado de otros concejales y vecinos les dijo desafiante:

“Ya podéis largaros por donde habéis venido, mientras nosotros mandemos en Cristina, aquí no se toca a nadie. Aquí no hay ningún peligro de conspiración, pues les hemos quitado las armas a sus dueños”.

En realidad les habían quitado media escopeta y dejado otra media.

“Vosotros preocuparos por lo que hacen los caciques de Guareña, aquí estáis estorbando”.

Los anarquistas guariñejos entendieron que las advertencias iban en serio, dieron media vuelta y se marcharon con los fusiles boca abajo.

Al año y pico del Levantamiento Nacional las tropas franquistas procedentes del sur de la provincia y de Sevilla tomaron Cristina. Se produjo un éxodo masivo de las familias republicanas hacia la zona roja más próxima: la comarca de la Serena, Don Benito, Villanueva, La Haba, Peñalsordo, Quintana, etc de la provincia de Badajoz y Almaden, Puertollano, Miguel Turra, Villarrubia de los ojos, etc de la provincia de Ciudad Real. En estas poblaciones pasaron acogidos solidariamente por sus habitantes los dieciocho meses aproximadamente hasta la victoria de Franco. Tras la victoria, regresaron derrotados de forma humillante, temerosos de las peores represalias y venganzas mezquinas que más podían ser rencillas personales que por discrepancias políticas, cosa común de todas la guerras civiles entre los habitantes de un pueblo tan pequeño. A ello se unía el que habían perdido sus casas, sus tierras quienes las tenían y todas sus pertenencias.

Por lo general, no hubo grandes represalias a su regreso, si fue un conflicto largo y costoso recuperar las viviendas y los medios de vida anteriores a su partida forzosa.

CAPÍTULO 4: Años de hambruna y miseria

Los años que siguieron a la victoria de los nacionales fueron los más negros de la historia de Cristina para las gentes más desposeídas y especialmente para las derrotadas del bando republicano. Años de hambre que solo saben lo que es las gentes que la padecieron con tanta intensidad como resistencia. Algunos/as no aguantaron. No había nada que comer, el pan, el trigo, el aceite, lo básico estaba racionado, se impuso la Cartilla Maquilera o de Racionamiento.

Esta situación se alivió aunque en pequeña medida con el reparto por parcelas en distintas zonas de la dehesa, según el número de la unidad familiar y porque la calidad de la tierra de la dehesa es distinta según estén a un lado u otro de la carretera de la Oliva que la atraviesa. En la Gesa podían cultivar parte del trigo, cebada, habas o garbanzos, los alimentos básicos imprescindibles.

El arroz se cocía en sartenes con sardinas o solo y un chorroncito de aceite si había. Era el que se convirtió en el tristemente célebre “arroz de Franco”.

La Gesa, cuyos suelos eran comunales, los vuelos sin embargo eran de propiedad privada. Toda la Gesa es un encinar. Ese hecho producía la paradoja de que con el cultivo de los cereales o las legumbres se sazonaba la tierra por culpa de que caían por el aire o por su madurez las bellotas de las encinas.

Los aparceros se autocompensaban cogiendo las bellotas del suelo y en muchas ocasiones tras un rápido vareo de las que aún estaban por las ramas. Con ellas llenaban las alforjas camufladas de la hierba que luego servía como alimento de los burros, que solían ser animales de labranza.

Ello, si tenían la seguridad de que no les había visto el guarda, los primeros años el Tío Antonio López, después Rafael, y más tarde Romualdo. El guarda rural estaba hecho a la medida de Cristina. A diferencia de los que había en Guareña u Oliva, que iban a caballo y con una carabina con para perseguir y amedrentar a posibles sospechosos. Nuestro guarda rural iba a pie, acompañado de un bastón hecho de vareta de olivo. De la presencia del guarda era imposible evadirse fácilmente, en caso de emergencia, había que deshacerse de las bellotas escondiéndolas en lugar seguro, y recogerlas al día siguiente o más tarde cuando el vigilante rural marchara. Había complicidad implícita. El guarda por lo general entraba por la parte alta del territorio haciendo ruido, carraspeando, tosiendo o silbando de forma que el posible cogedor de bellotas ajenas lo advirtiera con el tiempo suficiente para deshacerse de ellas.

“Aquí estoy, quitando estos hierbajos que entre ellos y la encina no me dejan crecer la cebada”.

“Parece que está buena” –decía Rafael el guarda. “Si hace buen tiempo puedes tener una cosechita”.

Lejos de más palabras esquivas y de compromiso, el encuentro podía convertirse en una conversación larga y amistosa. Rafael era el guarda más conversador de los contornos. Explicaba sus batallitas en el frente republicano durante la guerra hasta dejar extenuado a su contertulio.

La Gesa no solo proveía a sus aparceros del fruto de sus pequeños cultivos y/o de las bellotas furtivas. En sus tierras se criaban buenos espárragos trigueros nacidos al socaire de la labranza, sobre todo en la zona del manantial. Pero sobre todo se criaban tagarninas, un cardillo pequeño, aplanado muy gustoso que en los años más duros de hambre se convirtió para las gentes más menesterosas en el alimento fundamental. Cocidas, con agua, sal, poca aceite y harina, se condimentaban las celebres sopas de tagarminas que garantizaban al menos un plato caliente al día.

Decenas de mujeres, en ocasiones acompañadas de sus niños pequeños, vestidas de pies a cabeza de negro, arrastraban sacos con la mano izquierda y un pequeño zacho en la derecha, recorriendo encorvadas las lindes y posíos hasta llenar el saco de tagarminas.

Obligados por el hambre y la necesidad de llevar algo a los estómagos, se conocían todas las hierbas silvestres comestibles. Algunas tan apreciadas hoy en los mejores restaurantes como los berros, los hinojos, las romanzas, las conejeras, las cardinchas, los responcigos, hasta los quesitos (pétalos maduros de la flor de malva).

Cuando la cebada estaba granada las gentes, particularmente los jóvenes, se pasaban el día pelando y comiendo sus granos verdes: los pipiúlos. Siempre llevaban las faldriqueras y los bolsillos del pantalón y chaqueta de pana remendados, llenos de espigas con las argañas cortadas. Con las uñas de las manos pelaban los pipiúlos con una habilidad pasmosa. Sus salivas, mucosidad y orines eran tan verdes como las espigas. En el año 1940 en un intervalo de 3 meses, dos jóvenes murieron hinchados como consecuencia de ingerir tanto vegetal sin grasas.

Las mujeres y los jóvenes, por lo general, se pasaban los días en el campo rebuscando todo aquello que pudieran arrimar para casa: aceitunas, bellotas, garbanzos, espicas de trigo y cebada, etc, para todo lo cual se necesitaba el permiso explícito o implícito del dueño de las tierras, si eran otras distintas a las de la dehesa. De lo contrario se corría el peligro de que el guarda le quitara lo rebuscado y lo llamaran al Ayuntamiento para recibir la reprimenda. Casi nunca pasaba a mayores.

Muy distinto si te cogía la Guardia Civil, que no eran del pueblo pues Cristina nunca tuvo benemérita. Si te cogían los civiles tenías que recurrir a los que mandaban en el Ayuntamiento o sus aledaños para que intercedieran en tu favor y te libraran de algo más serio que una regañina. En casi todos los casos la sangre nunca llegó al río excepto en algunas ocasiones en que sí hubo apalizamientos. Francisco Pérez, el que fuera Teniente de Alcalde republicano, recibió gran cantidad de golpes por el guardia civil oliveño, un individuo alto, muy moreno que tenía la fama en los pueblos circundantes por su ensañamiento con las gentes humildes que tuvieron la desgracia de ser apresadas rebuscando o cazando furtivamente.

CAPÍTULO 5: La caza

Los hombres de las familias acomodadas tenían escopetas y en muchos casos con su correspondiente licencia de armas. Cazaban por placer liebres, conejos, perdices, etc, mientras los más necesitados lo hacían como forma de completar el sustento de sus familias, siempre furtivamente, de cien formas distintas, como distinto era el tipo de animales cazados.

La caza del Perdigón era de madrugada en Diciembre y Enero cuando los machos están en celo. Enjaulados en un repostero pequeño  en un chozo de matorrales, a una distancia de 15 metros en otro chozo se escondía el cazador. El macho Perdiz del repostero atraía con su canto halagador a las hembras de su especie de las manadas, que solían caer por los disparos de la escopeta camuflada.

Los más adictos al Perdigón querían tanto al animal como a sus familias. Cuando se encontraban por la noche en la taberna o en alguna esquina, podían pasarse horas, ablando de los animales enjaulados.

“Nada más poner la jaula en el repostero” –explicaba Francisco Rodríguez a Manolo Sancho. “Empezó el animal cuchichi cuchichi y a piñonear tac tac tac. ¡Había oído cantar a las hembras cuando le llevaba enfundado en la jaula colgado de la espalda!. Cuatro le he matado esta mañana. Fue la hazaña más sonada. Cada vez que tumbaba a una hembra, con el tiro no fallé ni un solo cartucho, el perdigón seguía cuchicheando y piñoneando dando vueltas en la jaula como un pavo real con las alas y las cola abiertas. No hay un perdigón en el pueblo como el mío”.

Manolo quiso meter baza para decirle que su perdigón era tan bueno como el de Rodríguez. No podía el hermano de Manuel Cano, un solterón de 50 y tantos, permitir que al suyo se lo compararan con otros perdigones. Manolo se quejaría más tarde bebiendo un medio litro de vino en casa de Juan el Barbero ante otro grupo de aficionados.

•          “Con este Francisco no se puede hablar, está con su perdigón como Mateo con la guitarra”.

Ir de Aguardo

La caza de la liebre por el procedimiento del aguardo tenía gran cantidad de adeptos. Además de los dos del perdigón, estaban otros hermanos Sancho, Juan Maria Juan Quico, incluso el mayor Nicasio también Abelardo, su hermano Antonio “Negrete”, Cándido Pérez “El Laña”, hijo mayor del que recibiera estopa del Guardia Civil Oliveño, su tío Angel Pérez y muchos otros que harían el recuento largo.

Si durante el día en el campo donde quizás habían estado poniendo las costillas a los saltones o a rebusco de algo, incluida la leña para casa, si habían visto las pisadas o cagalutas de alguna liebre, seguro que por la noche, si había luna, iban de aguardo al lugar apropiado.

Salían del pueblo al anochecer con la escopeta partida en dos, medio arrebujada bajo la chaqueta que llevaban por los hombros. Quienes les veían sabían sobradamente a donde iban, pero los de el aguardo tenían que guardar las formas a que obligaba la caza furtiva.

Las tórtolas

La caza de esta aves migratorias tuvo una importancia particular hasta mediados de los años cincuenta. Todos los varones de las familias: Sancho, los hijos de Juan Antonio Cortés, los de Francisco Pérez y Amalio el del Tío Nicasio y otros, se habían especializado en la caza de la tórtola mediante grandes redes que ellos mismos tejían.

Avanzado el Otoño, tras haber criado sus pichones en los meses del riguroso verano, se producía la junta. Se agrupaban en grandes bandadas para entrenar a las jóvenes aves en largos vuelos. Pronto tendrían que sobrevolar el estrecho de regreso a las tierras cálidas del norte de África de donde procedían.

Los meses de Septiembre y Octubre, los Sancho, los Cortés, Amalio y su primo Tomás el de la Amalia, se los pasaban cazando la tórtola en todos los ríos y arroyos: en el Mataché, el arroyo de las Adelfas, arroyo el Rincón, Guadame y otros afluentes del Guadiana alejados de Cristina por más de 30-50 kilómetros.

Vendían las tórtolas en los mercados de los pueblos más importantes: Mérida, Don Benito, Guareña... a los que iban una vez a la semana que aprovechaban para hacer acopio de alimentos, pan y sardinas en conserva. Mantenían las aves vivas, solo así podían venderlas, atadas las patas con las plumas de las alas. Las daban de comer y beber con sus bocas espurreándoles el trigo y el agua por el pico hacia sus buches. Las guardaban en augaripolas de varios pisos-compartimentos que colocaban a las sombras de los matorrales a orillas del arroyo, en la parte más fresca posible.

Conocían todo lo relacionado con las artes de este tipo de caza hasta puntos inverosímiles. Se utilizaba una tórtola como reclamo, a la que previamente habían cegado con una pluma del propio animal. Se la entrenaba largo tiempo en su cometido hasta lograr un aleteo suave requerido.

Ya en el puesto de caza se extendía la red junto al charco atada a dos grandes varas de olivo o encina sujetas a dos estacas de palo clavadas en la misma orilla del charco en la zona de tierra y arena en la que las mayas de la red quedaban prácticamente invisibles. En los límites de la red junto a la vara próxima al chozo donde se ocultaba el cazador se ocultaba el cinbel, un instrumento de palos, una vara con un trozo de corcho en forma de herradura al que se ataba la tórtola reclamo. El cincel podía elevarse mediante un cordel que manejaba el cazador desde el chozo haciendo que la tórtola ciega simulara un vuelo desde el espacio a las aguas del charco. En un acto reflejo el bando de tórtolas que sobrevolaba la zona se lanzaba encima de la red. Muchas no cabían en las mayas camufladas. El cazador, con la respiración contenida hasta el límite, inmovilizado y sin pestañear, tiraba bruscamente del cordel atado a la parte superior de las barras que sostenían la red que se elevaba súbitamente formando una bolsa donde envueltas por las mallas eran lanzadas al agua sin posibilidad de escapatoria.

Un golpe así aseguraba el jornal pero con suerte podían darse dos o tres al día aunque se hiciera necesario cambiar el puesto de caza otras tantas veces.
 

CAPÍTULO 6: Episodios tragicómicos

Los años de hambruna y estraperlo provocaron situaciones tragicómicas en multitud de ocasiones.

Un buen día de Septiembre del 1950, la Quica, hija mayor de las hembras de José Ramiro “el Porquero”, había ido con su cartilla de racionamiento a por el pan que les correspondía para las siete personas de su casa: el padre, dos hermanos y 4 hermanas, a casa de Antonio Ruiz en la C/Nueva donde se vendía el pan racionado. De regreso fue pensando que llevaba un chusco de pico y que en su casa no lo echarían de menos, pero no se atrevió a comerlo por el camino. Decidió esconderlo en un montón de paja frente a la puerta falsa de Dominguito, en un solar, en la carretera del cebollero. La Quica no podía imaginar que un grupo de jóvenes quinceañeros que jugaban en el corral: Nicasio el Zapatero, Tomàs Carmonilla, Cándido el de Mariano, Perico Paleta (hijo) y Manolo el hijo del Dominguito, observaban por un agujero de la puerta falsa el escondrijo del chusco que sustrajeron y se comieron tan pronto como la mujer se alejó del montón de paja.

No habían transcurrido dos minutos cuando la Quica, tras dejar el pan en su casa de la C/Santa Cristina, la segunda en la acera de la izquierda según se entra desde la carretera de Guareña, llegó de nuevo al montón de paja y metió la mano en el lugar justo donde había guardado el chusco. Unos movimientos nerviosos con sus manos escarbando en la paja presagiaban el drama posterior.

Un arrebato de desesperación se apoderó de esta mujer cuando tras varias escarbadas en la paja el chusco no aparecía. Empezó a babear y a rugir y con los pelos cubriéndole la cara, sudando a chorros, sus manos parecían bielas lanzando la paja desde el tremontorio por todo el suelo hasta que el montón quedó convertido en una parva delgadísima en la que el chusco hubiera aparecido forzosamente.

Frenética por no encontrar el chusco sufrió un ataque de histeria tendida encima de la paja, con grandes convulsiones durante diez minutos. Cuando le pasó el ataque se levantó y marchó para casa llorando como una magdalena.

Mientras la mujer sufría y se desesperaba y sufría las convulsiones por el ataque, los mozalbetes culpables de su desgracia, primero se divirtieron, pero en la medida en que la situación se hacía dramática, se amedrentaron, comentaron que podía morir y que ellos serían los responsables, pero no se dignaron a acudir ayudarla. Volvieron a sentirse contentos con su hazaña cuando la mujer abandonó el lugar de sus desgracias.

•          “Con poco las diña” –dijo el zapatero. Sus palabras fueron acompañadas de grandes risotadas por todos los del grupo.

Un episodio parecido con el pan como protagonista sufrió otra Quica “la Carmona”, vecina de la Quica de José “el Porquero”, pues vivía en la acera de enfrente, unas casas más abajo.

Cuando llevaba para casa de noche un pan de a kilo bajo el brazo, se detuvo a hablar con su vecina y amiga Juliana “la Zaragata”, casa contigua a la suya. Nadie entraba en una casa haciendo ostentación de pan, y ella tampoco, pues podían pedirte un pedazo, y el pan era tan justo que estaba racionado. Se le ocurrió nada menos que dejarlo en el umbral de la puerta junto al valiente, pensando que la oscuridad lo resguardaría.

Nada más lejos. Cuando salió, al cabo de un rato pequeño el pan había volado. Llorando a gritos se presentó en casa de su tía María y entre sollozos pudo explicar su desgracia, a la vez que decía: “Haber como me presento ahora en mi casa sin el pan”, el único que había para cenar ella y cuatro más: su padre, sus dos hermanos y la hermana pequeña. Con medio kilo de pan y unas mentiras se pudo salvar la situación y aunque poco, algo de pan comieron aquella noche.

Un año y pico después, la Carmona supo que el dichoso pan de un kilo se lo habían comido su primo Quiquino, hijo mayor de su tía María, y su amigo David. Se encontraron un manjar abandonado en la puerta de Zaragata cuyo disfrute no pudieron explicar como hubieran deseado cuando supieron quien era la propietaria y el enorme disgusto familiar que habían ocasionado.

CAPÍTULO 7: El trabajo

Los primeros jornales que se ganaban, si tenías la suerte de que te buscaran en la plaza por la mañana, eran de 5 pesetas para los hombres que supieran el oficio requerido. Pero en muchos caso se hacía el trueque de 10 reales en metálico y los otros 10 en comida, una parte de la cual se guardaba para casa.

Las mujeres, los jóvenes y los niños seguían saliendo al campo a ver que encontraban.

Solo en época de recolección podían trabajar la mayoría de los miembros de la familia aunque de formas diversas, unos a jornal y otros rebuscando o espigando con el permiso correspondiente según se tratara de la cogida de la aceituna o de la siega de la cebada, el trigo, las habas o los garbanzos.

Ya se comía algo mejor. Cuando llegaba la hora, los jornaleros tiraban de las horteras, del interior de las cuales aparecían témpanos de tocino asentado, tan grandes como el recipiente. En otro tarro pequeño, un trozo de bonito en conserva comprados la noche anterior a la Águeda o a la tía Maripepa. Esta última permitía el trueque de 5 reales de bonito por un cuarterón de bellotas del rebusco.

•          “Mama” –dijo José el de la Juana Sopa. “La tía Maripepa tiene las manos llenas de postillas y ha metido los dedos en la lata del bonito para despacharme”.

La madre le cruzó la boca de un guantazo con el revés de la mano izquierda “Para que no digas guarrerías mientras estamos comiendo”.

José “el Sopo”, con dos lagrimones como campanas, tiró la cuchara a la sartén llena de migas que empezaban a engullir sus otros cinco hermanos, todos sopos y dos que nacerían después, más el padre y la madre.

•          “Apártale esas pocas migas al muchacho” –dijo Francisco Manuel, su padre, mirando a la Juana de soslay, con cara circunspecta. Él mismo tuvo que coger un puñado de migas con la mano lo más grande que pudo ante el peligro de que desaparecieran de la sartén por el ritmo trepidante de las seis cucharas presentes. Las puso en un cuenco de barro y se las llevó al de los bonitos al umbral de la puerta de la calle donde sentado y amancornado seguía jimplando y gruñendo.

La industria artesanal de los tejados

La fabricación manual de tejas y ladrillos que hasta entonces habían venido realizando en verano y de forma cooperativa en los tres tejares, dos de arriba y uno de abajo, tres o cuatro familias, se extendió al número de doce grupos dándole a la economía local una nueva dimensión y diversificación.

Desde ese momento había jornaleros agrícolas y tejeros, pues si bien las tejas y ladrillos se hacían en verano, el resto del año se preparaba la tierra, arcilla roja sin piedras que se mezclaba con otro tipo, pizarra blanda y tena para su cocción en hornos árabes. Incluso gentes con tierras aportaban leña de olivo a cambio de un cuarto de la hornada.

Ello produjo un vuelco en la situación de dependencia de los jornaleros agrícolas, todos lo eran, incluso los tejeros tenían la cartilla de la Seguridad Social Agraria como los albañiles, cuyos cupones se pagaban de sus escasos ingresos.

Pero los que realmente ejercían de jornaleros o estaban obligados a serlo eran menos que antes, por lo que empezaban a poder pedir a los patronos que quisieran contratarlos un jornal más elevado que el que venían percibiendo hasta entonces.

Unos años más tarde, la fabricación manual de tejas y ladrillos tuvo su punto culminante con el llamado Plan Badajoz y la construcción de nuevos pueblos y aldeas en la Riveras del Guadiana, Novelda Lobón y en Montijo. Se contrató con los responsables de los tejeros elegidos al efecto un millón de tejas con el constructor y proveedor de materiales para las obras, Jacinto Gallardo, un empresario de Don Benito que hizo de intermediario entre los tejeros y las empresas constructoras.

CAPÍTULO 8: Escuelas e instrucción pública

La enseñanza no era obligatoria y se escolarizaba a los niños voluntariamente a los seis años. Por separado, los varones en la escuela de la C/El Olivo en la segunda planta de una casa donde en los bajos estaba la Hermandad, posteriormente trasladada a la C/Santa Cristina. Las niñas tenían la escuela en otra segunda planta del Ayuntamiento.

En la de los niños había un maestro de Don Benito. Poco tiempo antes hubo algún otro durante medio año. El de Don Benito tenía una norme gaita y una nuez sobresaliente, por lo que pronto se le motejó “El Gaitero”.

Tenía más vocación de cura que de maestro. Los sábados a las once de la mañana, en clase, a la que iban de todas las edades mezcladas de 6 a 14 años, decía: “Cierren los libros”, y se dedicaba a explicar el Evangelio. En la hora del recreo, que podían convertirse en dos horas, daba clases particulares en sus casas a los hijos de los ricos: los de Paco Parejo y Paco Mancha especialmente.

Tal era su beatería que obligaba a los niños a ir a misa cada domingo. Como él vivía en Don Benito y no podía estar presente, encomendaba a algunos niños que anotaran en una libreta quienes faltaban a misa. Al lunes siguiente pasaba lista del absentismo eclesiástico. A los que hubieran faltado, con el Sacramento, les hacía la vida imposible. No solo les castigaba a no salir de la escuela en la hora del recreo durante toda la semana, además les hacía copiar 100 veces “El Domingo que viene no faltaré a la Santa Misa”. Era en todo caso lo mejor que les podía pasar. Lo pero eran los castigos corporales. Solía pegarles en los dedos de la mano haciendo el huevo con una regla de madera que les producía un dolor insoportable, o en la barriguilla de las piernas descubiertas (pues todos vestían pantalones cortos), hasta ponérselas rojas como tomates.

Uno de los castigados escapó del colegio llorando a lágrima viva, ya no volvería. El hijo mayor de Quico Sancho llegó cefrado a casa de su abuela Mercedes, era el primer nieto de la abuela y primer sobrino de los hermanos Sancho con los que estaba más tiempo que en su casa. Manolo Sancho, el cuarto de los varones recibió al acongojado que apenas podía explicar el motivo de su llantina.

•          “Me ha pegado el maestro con la regla en las manos y en las piernas por no ir a misa” –logró decir el castigado.

Manolo, de cuerpo flaco y larguirucho, se excitó hasta temblarle las manos, quizás porque ya pensaba vengar al sobrino. Como el maestro tenía el paso obligado hacia Guareña subiendo por la calle Santa Cristina, fue sorprendido enfrente de la casa de la Mercedes por el tío del represaliado, cogiéndolo fuertemente por la camisa bajo el largo cuello, zarandeándole a derecha e izquierda.

•          “Si vuelves a tocar a mi sobrino, la próxima vez no lo cuentas”.

El maestro acoquinado, no dijo palabra. Casi al trote llegó hasta la moto Guci que tenía en la esquina de la calle, a la entrada del pueblo con la que marchó a toda velocidad. Los días posteriores, Don Félix comunicó que estaba enfermo, por lo que no vendría a dar clases. Le habían hecho saber que los Sancho eran una familia de “rojos”, todos habían tenido que huir del pueblo cuando los nacionales lo tomaron, y muy unidos, podían tenérsela jurada.

Los hermanos Sancho estaban igualmente amedrentados. El padre del castigado había dejado hacía año y medio de presentarse cada día en el cuartel de la Guardia Civil de Guareña, tras salir de la cárcel en libertad condicional donde pasó tres largos años al acabarla Guerra Civil, en la que había sido Teniente en el Ejército Republicano.

La trifulca con el maestro podía tener graves consecuencias. Pero las cosas se enfriaron y no pasó nada más, excepto que desde entonces Don Félix no obligaría a los muchachos a ira a misa.

La escuela de las niñas siempre fue mucho más soportable. Las maestras sucesivas: Doña Luciana, la hija del secretario del Ayuntamiento y hermana de Angel y Alfonso Mendo, así como Doña Antoñita de Llanos, segunda hermana de Angel y Anselmo de Llanos y Doña Enrriqueta, que había venido de Villanueva de la Serena, su marido trabaja en Renfe en Cabeza del Buey. Por lo general tuvieron un comportamiento mucho más humanitario.

Los castigos solían ser más leves y nunca produjeron grandes traumas. Si acaso la principal objeción a su comportamiento podía hacerse al religiosismo excesivo y al tipo de enseñanzas para las niñas orientadas al papel de buenas esposas y madres cuando llegaran a la edad casadera.

Unos parvularios muy especiales

Además de las escuelas para los mayores de seis años había la popular escuela de los cagones en casa y corral de la señora Nati, una maestra desterrada de Malpartida a Cristina por motivos políticos al acabar la guerra.

A tal escuela las madres llevaban a sus pequeños vestidos con pantalones con una apertura que llegaba hasta el culo por la que asomaba la pistolilla, de forma que no tuvieran que bajárselo para hacer sus necesidades. Incluso cuando lo hacían sentados en la silla con asiento de ballón provista de un gran agujero en el centro. Cada niño llevaba a la escuela su correspondiente silla de idénticas proporciones.

Por motivos de edad y salud, la señora Nati cerró la escuela. Al poco tiempo se abrió una nueva en la calle La Fuente en casa de la tía Francisquita, la mujer de Tomas “Brevita” por cuyo mote, tanto ella como sus hijas de 14 y 16 años Matilde y Vicenta serían por siempre “Las Brevitas”.

La presencia de las muchachas imprimió un carácter más alegre a la guardería que era la función real de estos centros de acogida de los más pequeños, pues difícilmente aquello podía ser una escuela si sus progenitores apenas sabía leer ni escribir.

Los adultos

Completaban el cuadro educativo las clases nocturnas para los mayores, aunque también algunos jóvenes que no habían ido a la escuela pública reglada. Las clases para adultos de carácter voluntario las daba en su casa Francisco “el Frailón” en la calle Grande junto al pozo, en la plaza contigua a la casa de Agapito el del Molino de arriba. El mote de “Frailón”  le venía por su afición a las cosas de la casa que en el pueblo las hacían casi siempre en su totalidad las mujeres.

Francisco enseñó algo de aritmética, de geografía e historia a sus esporádicos alumnos. Cuando acababan el curso aleatorio “ya sabían para su apaño”. Solían compensar los conocimientos adquiridos con dinero o en especias: aceite, trigo, garbanzos, aceitunas, etc, que el profesor valoraba altamente.

Años más tarde, los jóvenes del Partido Comunista convencerían al nuevo maestro Don José, un joven becario de Madre, humilde vecino de Guareña, para que diera clases de adultos por las noches, tres días a la semana a los jóvenes que por necesidades económicas no habían podido ir a la escuela el tiempo suficiente.

El resultado fue sorprendente. En medio año aprendieron con Don José más que en los 4 o 5 años que según los casos habían ido a las clases de Don Félix “El Gaitero”.
 

CAPÍTULO 9: El nacimiento del Partido Comunista

Influidos por las soflamas ideológicas de la emisora de radio del Partido Comunista, La Pirenaica” un reducido grupo de jóvenes entraron en contacto con Manolo González de la Rubia, que había pasado largos años en la prisión de Burgos por su pertenencia al PC.

Tras su encuentro en Mérida en Julio de 1956 donde vivía en casa de su hermana tras salir de la carcel, Manolo era primo-hermano de los González de la Rubia de Cristina (todos los varones eran albañiles). Los jóvenes cristinejos volvieron al pueblo resueltos a poner en práctica tanto lo que se desprendía de su entrevista con el expreso como y particularmente lo que aprendían de las emisiones de la Pirenaica.

Lo primero era asegurarse de que las cosas se harían con la mayor clandestinidad posible en cuanto a la organización de posibles adeptos. Se inventaron un nuevo alfabeto de la forma más sencilla posible: debajo de cada letra del abecedario de la A a la Z pusieron unos signos que serían equivalentes. So pretexto de que se trataba de un nuevo Esperanto se lo aprendieron de memoria tanto a leerlos como a escribirlos. Desde entonces la comunicación escrita en el interior de la organización siempre se hacía en este nuevo idioma hecho para la comunicación clandestina más segura posible.

A los pocos meses de la organización embrionaria, la mayoría de jóvenes de mediana edad pertenecientes a las familias humildes que habían estado en la “zona roja” pero también buena parte de los nacionales, estaban de una u otra forma involucrados con la actividad comunista, si bien, la militancia en la organización estricta se hacía con todas la cautelas. “Había que ser honrados, convencidos de la justeza de la causa, entregados a la lucha a favor del proletariado”. “De gran firmeza ante posibles detenciones que impidieran delatar no solo a los militantes del partido sino a cualquiera que se nos mostrara contrario a la dictadura franquista”.

Se asignaron las principales responsabilidades de la célula (nombre de la organización de base): Responsable Político, Responsable de Organización y Responsable de Agipro (agitación y propaganda).

Infantilismo Izquierdista

Como en toda organización ultraclandestina, pronto se pusieron de manifiesto dos tendencias diferentes: Una preocupada fundamentalmente por la seguridad ante el enemigo de clase y otra, la que entendía la actividad política e ideológica cultural y social como medio de concienciación de la mayoría de los oprimidos.

Los componentes de la tendencia de la seguridad llevaban hasta sus consecuencias pueriles una consigna central del PC de esa época: LA VIGILANCIA REVOLUCIONARIA, confundiendo la velocidad con el tocino. Creían que se trataba de vigilar a los camaradas o simpatizantes próximos que no les merecían su entera confianza.

•          “El camarada tal o cual se tiró el martes pasado tres horas en el bar de Juan el Barbero jugando a la cuatrola y se bebió cerca de un litro de vino. Habría que llamarle al orden y si hace falta separarle temporalmente de la organización hasta que haga autocrítica”.

•          “Pues el camarada cual, el otro día le estaba riendo los chistes y las gracias al secretario de La Hermandad”.

•          “Fulanito no hizo ni caso cuando pasé junto a él silbando. Estaba en la puerta de casa de su novia y eso que sabía que era la consigna para reunirnos en el cercón de la Juana Cortés”.

Estas quejas y otras de igual calibre eran frecuentes en las reuniones, expresadas por la tendencia ortodoxa “Más vale pocos y buenos” repetían una y otra vez. Se imponían no obstante por razonamientos, argumentos y actividad práctica los de la tendencia más aperturista cuyo discurso se orientaba siempre a la actividad de masas abierta.

Ya ese mismo año, en 1956, el pleno del Comité Central del PCE había aprobado la Política de Reconciliación Nacional. En síntesis, venía a decir que la Guardia Civil española no la ganó la derecha y la perdió la izquierda, por el contrario la ganó una minoría privilegiada y franquista y la perdió la mayoría del pueblo. Gran parte de los sectores que estuvieron en la zona nacional vivían en 1956 en las mismas condiciones de pobreza y miseria que los del bando republicano.

“Se hace necesaria la reconciliación nacional del pueblo español para que comprenda que su enemigo es la Dictadura franquista”.

Esta nueva política del PCE era asumida plenamente por los responsables más destacados de la organización local. Comprobaban que caía bien incluso a los que habían estado con el franquismo y a los descendientes de estos.

Las acciones emprendidas en la actividad socio-cultural y en el terreno laboral pronto fueron conocidas en la comarca. Se decía que Cristina había sido tomada por los comunistas.

Se celebraban elecciones para renovar el cabildo de La Hermandad de Labradores y Ganaderos. Ya era Alcalde Angel Mendo, el segundo tras la contienda civil. El primero fue Francisco Gómez procedente de Villa Gonzalo, que había hecho una gran fortuna estraperleando con harinas y pienso para el ganado, con lo cual adquirió parte de las mejores tierras de Cristina. Angel Mendo era hijo de Don Antonio Mendo que vecino de Oliva de Mérida, ejerció de secretario del Ayuntamiento desde el final de la guerra hasta su muerte a primeros de los años cincuenta. El nuevo Alcalde era un miembro destacado del Movimiento Nacional. En la provincia de Badajoz había hecho la guerra en los servicios de inteligencia franquista.

Las elecciones a La Hermandad se hacían según indicaciones del Alcalde designado este en todos los pueblos por el Gobernador Civil de la provincia. Además era nombrado jefe local del Movimiento. Las gentes que encabezaran la sección económica o la sección social habían de ser fieles a los principios del Movimiento Nacional y a la Falange. Con estos criterios hicieron las listas.

A pesar del Monolitismo Falangista había una división profunda entre los mayores propietarios. El Alcalde impuso su candidato a Presidente de La Hermandad que no era bien visto por los Frutos, los Carrozas y otras familias más o menos pudientes. Los miembros de la sección social de los jornaleros y pequeños pastores no les preocupaba, pues sabían de su casi nula capacidad de influencia y decisión en La Hermandad, siempre a merced del Presidente.

Los comunistas, conocedores de la división entre los que regentaban el poder local, saltaron la tapia de La Hermandad desde el corral de la María Luisa, contiguo al Sindicato Vertical. Provistos de linternas para no encender las luces copiaron a mano las listas de candidatos de ambas secciones. Iniciaron una campaña de propaganda a favor de unos candidatos previamente convencidos para confrontarlos con los preferidos del Alcalde. Hasta tal punto estaban divididos los más acomodados que los contrarios al candidato oficial votaron a Angel Pérez, hermano menor del que fuera Teniente de Alcalde republicano, que se había quedado en el pueblo cuando lo tomaron los nacionales y era considerado afecto al Movimiento.

Para la sección social fueron elegidos todos los candidatos seleccionados por los comunistas. La misma tarde de las elecciones tuvo conocimiento de los resultados el Gobernador Civil de la provincia. Indignado en extremo, anuló las elecciones en el mismo acto en que conoció los resultados telefónicamente. Amenazó con llamar a careo a los cabecillas comunistas para encarcelarlos. Las amenazas no se cumplieron.

Al cabo de un mes el Alcalde nombraba un nuevo Presidente, Pedro Mancha alias “el careto”, vecino de Guareña, que desde hacía años vivía en Cristina casado con la Antonia Pérez, hija mayor de Luis Pérez, un propietario medio. Pedro Mancha ejerció con cierta dignidad su mandato de cuatro años, quizás por no estar influido por las rencillas entre las familias más poderosas.

Las octavillas

La actividad semiclandestina de los comunistas había creado las condiciones para que los jornaleros exigieran aumento de jornal cuando eran contratados en la plaza para los distintos trabajos del campo.

Al pueblo había venido de Mérida un constructor de obras, Don Enrique, cuya descomunal nariz aguileña se tapaba continuamente con los dedos de la mano derecha. Venía a construir con hormigón armado unos lavaderos públicos en la fuente, donde hasta entonces lavaban la ropa las mujeres, vertiendo las aguas sucias a pequeños regachos hechos al efecto. Los regachos desembocaban en el arroyo contiguo, las aguas del cual bajaban ya negras como el café por el azpelchín vertido por el molino de aceite de Agapito y envenenadas totalmente un poco más abajo por idénticos vertidos de la molineta de Paco Parejo y el molino más grande de Paco Mancha.

El constructor Enrique disponía de una multicopista capaz de imprimir folletos en grandes cantidades. Algunos responsables de la organización clandestina local, gracias al hijo del constructor tuvieron acceso a la multicopista con la que imprimieron un centenar de octavillas arengando a los jornaleros a pedir aumento de jornal en la cogida de aceitunas. Las repartieron cuidadosamente a los de máxima confianza indicándoles a los receptores de los panfletos que hicieran lo propio.

Quico “el Sopo”, el segundo de los hermanos perdió una octavilla al sacar el pañuelo del bolsillo de la chaqueta cuando iba montado en el burro hacia la Gesa en el camino, un poco más adelante del cementerio. Un par de minutos después Quico volvió a buscarla cuando se percató de que la había perdido. Se cruzó por el camino con Epifanio Román, un hombre muy ligado a la Iglesia a la que asistía y cuidaba como si fuera de su propiedad privada.

Epifanio había encontrado el panfleto que no pudo leer sin gafas y lo guardó alarmado en el bolsillo interior de la chaqueta hasta que volviera a casa a mediodía.

•          “¿Cómo venimos tan temprano pa casa?” –dijo Epifanio al cruzarse con el sopo.

Receloso y preocupado éste contestó:

•          “Se me ha olvidado el hocino-jocino en casa, sin el cual no puedo segar la hierba”.
 

El Quico no volvió a la Gesa, apresuradamente comunicó a los interesados la pérdida del panfleto por si había que tomar medidas, así como que estaba seguro de que lo había encontrado Epifanio y este no era de fiar.

Al mediodía más pronto que de lo habitual, Epifanio se presentó en casa, y tras meter apresuradamente en la cuadra una burra patiquebrada, fue al zaguán a buscar las gafas que compartía con la Manuela, su mujer. Leyó alarmado el texto de la hoja clandestina. Tras un momento pensativo guardó la hoja doblada en tres partes en la funda de las gafas. Cogió la puerta y se presentó en el Ayuntamiento para informar a Alfonso Mendo, el secretario de la Corporación, hermano menor del Alcalde. Éste telefoneó al cuartelillo de la Guardia Civil de Guareña para informar del suceso.

A la mañana siguiente, Manuela se presentó como cada mañana de esos días en casa de la Petra Pérez y Pedro Mancha, el Presidente de la Hermandad, a hacer las cosillas de la ropa de la familia. Al sacar las gafas de la funda que necesitaba para enhebrar la aguja apareció el panfleto. Tanto Manuela como Antonia se pusieron descompuestas tras su lectura sin saber que hacer. Cuando Pedro Mancha llegó a casa tras dejar en el Molino las aceitunas de la mañana, le comunicaron ambas mujeres el hallazgo de la hoja y su contenido subversivo.

•          “Romped ese papel inmediatamente” –dijo Mancha- “Yo no quiero ni leerlo”.

Lo hicieron mil pedazos que luego arrojaron sobre el fuego de la chimenea. Al instante la proclama comunista se había convertido en pequeñas pavesas.

De regreso al olivar por la tarde, Pedro Mancha comentaba con sus aceituneros el percance. Subrepticiamente estaba informando a uno de los responsables de dichoso papel que trabajaba para él y del que conocía su activismo político.

•          “Este Epifanio parece tonto, se ha encontrado una proclama clandestina y la ha guardado en las fundas de las gafas de su mujer. Esta mañana la hoja ha aparecido en mi casa y la hemos quemado ”.

Los comunistas ya conocía así parte de la historia y el recorrido y final de la octavilla. No podían imaginar sin embargo que Epifanio recibiría esta misma tarde una gran reprimenda y a punto estuvo de que le zurrara la Guardia Civil cuando le interrogaron en el Ayuntamiento por el paradero de esa hoja clandestina que el día anterior él comunicó celosamente que había encontrado y nunca más se vio.
 

CAPÍTULO 10: El Opus Dei, los Padres Misioneros y la Sección Femenina de Falange

En los últimos años cincunta, el Alcalde y el Cura Don Fernando de convicciones religiosas integristas y temperamento fuerte, estaban enfrentados hasta el punto de no hablarse. Ambos creían que el otro invadía sus zonas de influencia.

Los jóvenes del entorno comunista aprovecharon este enfrentamiento para conseguir que hubiera baile en el salón de Vicente Frutos y la Iluminada, pues sin el permiso de ambos no estaba permitido.

•          “Dice don Fernando que si él no quiere, en el pueblo no hay baile” –le espetaban los jóvenes a Angel Mendo.

•          “Pues ahora vais a hacer baile porque lo digo yo. A ver si se atreve a impedirlo”.

Con el permiso conseguido se presentaban ante el cura.

•          “Dice el Alcalde que en el pueblo solo habrá baile cuando él quiera” –le decían al de la sotana.

•          “No lo tenía pensado, pero para que ese se entere podéis hacer baile quiera o no quiera”.

Así lograban que Vicente o su hijo Pedro estuvieran dispuestos a tocar el acordeón sin peligro de cierre del Saloon.

Al baile podían entrar los casados y la gente mayor que no pagaban entrada, por lo que los costes económicos del baile los sufragaban los solteros varones. Las mujeres tampoco pagaban. Además las madres de las chicas iban como carabina de las muchachas que además de ocupar todo el tiempo los asientos de las banquetas de madera les decían con quien tenían que bailar con quien no. Tanto los jóvenes pagadores del baile como las chicas vigiladas se sentían violentados aunque fuera por motivos diferentes.

La célula del PC discutió la situación y tomó una resolución que sería la Revolución Cultural.

Al domingo siguiente y tras abrirse el baile con el correspondiente permiso, los jóvenes solteros se negaron a sacar a bailar a las chicas, que en complicidad con los varones se negaron a bailar con los casados que fueron a sacarlas.

•          “No volveremos a hacer baile mientras no paguen los casados y las mayores ocupen las banquetas” –dijeron en mítines improvisados.

Acto seguido abandonaron el baile los jóvenes en grupo seguidos por las chicas. En manifestación informal subieron por la calle Nueva y bajaron por la de Santa Cristina para finalizar en la calle Grande frente al Ayuntamiento. Todos estaban exultantes de satisfacción pues no podían imaginar que el seguimiento de la acción “Huelga de Bailes Caídos” fuera tan apabullante.

Aquella acción provocó las discusiones más vivas en el seno de las familias. Nunca antes había pasado nada parecido.

•          “Vosotras lo que queréis es estar a solas para así poder hacer lo que os de la gana, bailar con quien queráis arrimadas a vuestra pareja” –solían decir las madres a sus hijas. “Esto es libertinaje”.

•          “Sabemos lo que tenemos que hacer, bailar con quien queramos que ahora se atreverá a sacarnos si vosotras no estáis allí delante”.

•          “Sois todas unas perigallas por no decir otra cosa”. –era la salida de resignación de las madres que ya desde ese acontecimiento verían reducido su papel de vigilantas.

Los casados varones asumieron con igual resignación la nueva situación creada. Ya no gozarían del privilegio de bailar de gorra con todas las chicas que estuvieran dispuestas. Ahora tenían que pagar como todo quisqui.

Por entonces se rumoreaba con intensidad que el Opus Dei iba a entrar en el Gobierno como efectivamente ocurrió en el año 1958. Tres miembros de La Obra ocuparían carteras ministeriales, los tres López: López Rodó, López Bravo y López de Letona.

Para contrarrestar los cambios que los del Opus iban a provocar en los dos sostenes fundamentales del Régimen, El Movimiento Nacional – Falange y el Nacional Catolicismo, el cura hizo venir al pueblo a los padres misioneros. Posteriormente el Alcalde trajo a la Sección Femenina de Falange.

Los Misioneros estaban encabezados por el Padre Félix, un ultrafascista que había asistido a cientos de fusilamientos de los rojos dentro y fuera de las cárceles franquistas. Se jactaba en sus prédicas de cómo él trató de buscar el arrepentimiento de los que iban a ser ejecutados. Los otros dos misioneros eran menos integristas. En sus sermones ideológicos explicaban como el Régimen de Franco estaba rompiendo el aislamiento internacional y quizás “pronto seamos admitidos en el Mercado Común Europeo”.

La presión amenazante del cura del pueblo obligó a ir cada noche a escuchar sus pláticas a la mayoría de hombres y sobre todo de mujeres. Tras su misión de acristianamiento obligado vendría la confesión forzosa y la confirmación de la fe cristiana.

Había algunos hombres que so pretexto de alguna enfermedad o ausencia laboral del pueblo no habían sido acristianados. Casi todos recibieron en sus casas, previa amenaza, la visita de alguno de estos tres santos padres que les confesó y confirmó sin posibilidad de escapatoria.

Un caso sonado fue el de Antonio el Carbonero que tenía fama de anticlerical. Según se contaba había quemado algún cristo de la Iglesia del pueblo en los primeros días de la República. Se quitó de en medio tan pronto llegaron los misioneros, refugiado en un cortijillo que se había construido en la falda Este de la sierrecilla. Se creía a salvo de la confesión

Confesar y confirmar al carbonero se convirtió para los misioneros en una especie de desafío. A través del alguacil Juan Antonio Mancha le avisaron que el próximo sábado recibiría en el cortijo la visita de los padres. Que no se moviera de allí por lo que le pudiera pasar. El sábado en cuestión el carbonero era confesado y confirmado como Dios manda.

Cuando tras ser sometido a la fe cristiana las gentes se mofaban de él por no haber podido zafarse a pesar de su exilio cortijero, éste, sacando de las tripas corazón explicaba con todo detalle la peripecia misionera: “Se sentó en una silla mientras el otro me cogía por los hombros y me hacía arrodillarme con la cara encima de las faldas de la sotana. Dije lo que me pareció para acabar cuanto antes. Cuando me hicieron besar el crucifijo pense ¡Tú pegarías las llamaradas más chicas que el otro!”.

Como colofón de su trabajo, los misioneros, en una especie de acto de clausura de la misión, con la iglesia abarrotada de gente, conocedores de que el alcalde y el cura hacía tiempo que no se hablaban, anunciaron la reconciliación de ambos que frente al altar se dieron un fuerte y prolongado abrazo sin procurar palabra, y cada uno de ellos mirando hacia el otro lado.

La sección femenina

A diferencia de los misioneros, eran unas mujeres abiertas, liberales y de pensamiento socialmente avanzado. Enseñaron a las jóvenes del pueblo los bailes y canciones regionales de Extremadura. La Jota de El Candil fue las más celebrada. Sus charlas y las tertulias no pretendían imponer sus criterios, escuchaban con atención a sus contertulianas.

Casi todas fumaban en público, cosa mal vista por la mojigatería lugareña. Fueron muy criticadas por las madres de las chicas que se enrolaron en el aprendizaje de los bailes y cantes. “Son todas unas golfas, a saber que harán cuando están a solas”. Su labor finalizó con un gran baile en el salón de la Iluminada.

En el baile, de nuevo se encontraron el alcalde y el cura para celebrarlo. Don Fernando aparentaba una alegría inexistente pues más de una vez criticó desde el púlpito el comportamiento libertino de las jóvenes falangistas. Decía para sus adentros: “Estas se han cargado en el tiempo que han estado aquí todo el trabajo de los misioneros y encima yo, por la reconciliación con el alcalde, tengo que aparentar que estoy contento”. Al momento abandonó el baile a toda prisa para zambullirse en su casa.

 

CAPÍTULO 11: La Caída

En 1961 el Partido Comunista era importante en los pueblos más grandes de la Serena y en Mérida, aunque la organización estaba presente en La Zarza, Villa Gonzalo, Alange, Calamonte, etc.

Este año la detención del Jefe de la Policía Municipal de Villanueva de la Serena, al parecer por motivos ajenos a la actividad política, desencadenó la caída de trescientos militantes del PC en la provincia de Badajoz, incluidos los miembros del Comité Provincial. Al municipal de Villanueva, que ejercía de Responsable de Organización de la comarca, le cogieron una lista de nombres con la cual desmantelaron toda la organización de la provincia.

De Cristina cayeron Agustín Maraña “El Tigma” y José Mancha, “El Gordo”. Los principales dirigentes locales no fueron apresados por haber emigrado algunos a Barcelona y otras ciudades industriales fuera de la provincia y haciendo la mili otros. Agustín y José sufrieron torturas. A este último le reventaron las plantas de los pies a golpes. Agustín sufrió psicológicamente lo indecible, que le marcaron durante años afectado del síndrome de persecución. No les arrancaron el nombre de los responsables.

A pesar de la enorme represión sufrida, quienes quedaban en el pueblo reorganizaron la actividad del PC que aunque con mayores dificultades siguió ganando adeptos. Tras la muerte de Franco y la posterior legalización de los Partidos y Sindicatos, hicieron un acto de presentación pública del Partido en el que intervinieron algunos de sus responsables inmigrados que por tratarse del verano estaban de vacaciones. Para los asistentes, no solo los incondicionales, también otras gentes ajenas al PC, el acto fue la confirmación pública de los que todos sabían quienes eran y como eran los que durante muchos años habían desarrollado una actividad política cultural y social al servicio de las gentes más necesitadas.

Cristina expresó este reconocimiento en las primeras Elecciones Municipales de las naciente democracia. La candidatura del PC obtuvo la mayoría absoluta y Agustín Maraña fue el primer Alcalde comunista de su historia.

En las siguiente Elecciones Locales, el PC volvió a tener mayoría absoluta eligiendo como Alcalde a Guillermo Santamariía “El Cartero Zapatero” que como tantos otros militaba en el PC desde sus inicios.

 

CAPÍTULO 12: La otra caída

A mediados de Enero del 1966 fueron detenidos en Cristina Quico y Tomás Sancho. La noche anterior habían llegado de Barcelona a donde habían emigrado hacía unos años. En la Casa Bar de sus padres en la calle Cebollera , se presentó una pareja de Guardia Civiles a las 9 de la mañana. Penetraron en la habitación donde aún dormían y esposaron a Tomás al que buscaban con más ahínco, aunque también se llevaron al hermano mayor. Primero al Ayuntamiento donde les hicieron algunas preguntas y luego caminando por la carretera al Cuartel de la Guardia Civil de Guareña.

Tan pronto como salieron por la puerta civiles y detenidos, el tercer hemano Nicasio (además Domingo y Vicente), sacaró la propaganda del PCE que guardaban en el fondo de un arcón frigorífico tras el mostrador. Mientras, los familiares alborotados por la detención se interrogaban por los motivos de ésta. Salió sigilosamente por la puerta falsa alejándose lo más posible, enterró los papeles en el olivar del cerro contiguo a la casa.

Los detenidos sufrieron un largo interrogatorio de más de tres horas con momentos de violencia y amenazas constantes.

Paralelamente interrogaban en Barcelona a Santiago Santamaría “Santiaguito”, primo y compañero de trabajo de los detenidos en Cristina, detenido éste por las mismas sospechas.

Los interrogadores se comunicaban por teléfono entre Guareña y Barcelona y cotejaban las declaraciones del uno y de los otros. Cuando creyeron que de las declaraciones no se desprendían motivos para seguir reteniéndolos, fueron puestos en libertad todo y advirtiéndoles que quizás volvieran a verse las caras.

Un percance rocambolesco

A los hermanos los hubieran detenido en Barcelona como pretendía la Brigadilla de la Guardia Civil. Uno de los civiles era el famoso Oliveño.

So pretexto de comprobar unos datos de la Cartilla Militar de Tomás, se presentaron en la casa de Joaquín Toribio en el barrio de La Salud de Badalona donde con éste y su mujer vivían sus suegros Francisco Pérez y Eufemia Moreno. Francisco reconoció al Civil Oliveño que unos diez años antes le había apalizado por motivos de caza furtiva. Tomás (el buscado) y su hermano vivían “de mastressa” tres casas más abajo que la de Toribio. Eufemia, por error, les dijo a los Civiles que ambos hermanos marchaban al pueblo el domingo siguiente cuando en realidad salieron el sábado.

Paula, la hija pequeña de Francisco y la Eufemia que también vivía con ellos, tuvo que sacar de un baúl de su habitación la propaganda del PSUC que el Quico, su consorte, le había dado para que la guardara.

Cuando el domingo se presentaron a detenerlos por la mañana muy temprano, éstos ya habían marchado para Cristina.

¿Por qué los buscaban?

En la comisaría de Santa Coloma de Gramanet habían entregado un paquete de periódicos y hojas del PSUC. El papel que las envolvía llevaba en la parte interior el nombre y la dirección de Tomás Sancho y el remite de su novia en Cristina, Isabel Frutos hija de Vicente e Iluminada los dueños del baile del pueblo.

Como los hermanos se marchaban al pueblo, el Quico recogió la propaganda que tenía en el ropero y equivocadamente las envolvió en un papel del mismo color que el que utilizaba habitualmente. Pero este papel había sido el envoltorio de un paquete de dulces caseros que Isabel le había enviado a Tomás unos días antes. Al marchar quisieron deshacerse de la propaganda. Se les hacía tarde y tiraron el paquete con la propaganda y el envoltorio de los dulces a un solar vallado desde donde fue a parar a la comisaría de Santa Coloma de Gramanet.

Todos los de Cristina que viven en Badalona y Santa Coloma y que fueron interrogados conocían la existencia de los dulces caseros. Algunos incluso los habían probado por lo que la Guardia Civil no daba pies con bola. “¿Cómo van a envolver propaganda con la dirección y remites de un paquete que todo el mundo conoce y que les delata?”.

Llegaron a la conclusión de que alguien quería jugársela a estos por motivos que no podían comprender. Así se lo dijeron a los detenidos en Barcelona y en Cristina antes de soltarlos.

Investigación estrambótica

Como desde Barcelona les habían informado de un paquete de propaganda envuelta con un papel enviado por Isabel Frutos, la Guardia Civil registró la casa de ésta y de sus padres buscando en el doblado una imprenta clandestina donde se imprimía la propaganda comunista. Incluso pensaban que en el doblado además de la imprenta podía haber una emisora de la Pirenaica.

Mientras los civiles removían los trastos del doblado, Pedro el hermano de Isabel, escondía sigilosamente la escopeta de caza y las cartucheras que como la mayoría del pueblo poseía sin licencia de armas.

Vicente el otro hermano mayor les diría a los detenidos un día después de que los soltaran, que él conocía a algunos jefes del ejercito con los que hablaría para que averiguaran quienes les habían hecho esta jugarreta.

Aunque al final todo quedó en un gran susto para las familias implicadas, en Cristina todo el mundo intuía que estas detenciones guardaban relación con las que en el 1961 sufrieron Agustín Maraña y José Mancha por motivos políticos de la actividad política del Partido Comunista.

 

CAPÍTULO 13: La radio y su influencia

La llegada de las primeras radios al pueblo al principio de los años cincuenta revolucionaron el ambiente tanto en lo informativo como en lo cultural.

Hasta entonces solo esporádicamente venía al pueblo algún circo o teatro ambulante que solían pasarse largas temporadas cosechando importantes éxitos de audiencia. El cura tenía una máquina de cine de media pantalla de las habituales con la que en la escuela masculina de la calle El Olivo se proyectaba para los muchachos la única película muda de que disponía (El gato Félix).

La producción cultura propia y más atrevida fue la realización de una obra de teatro representada en el Salón de Hermandad, en la planta baja donde estaba la escuela. Fue un gr

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