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CARMEN AMAYA AMAYA
Carmen Amaya. Bailaora.  Barcelona, 1913, Begur, (Gerona), 1963
Audio:   Mi mare la Tana (zambra)

Perfiles Flamencos. 08.03.09 

Capítlo X.- Cuando en 1935, contratada por el empresario Carcellé, Carmen Amaya se presentó el Coliseum de Madrid, llevaba ya muchos años ganándose la vida con el baile y el cante. Entonces tenía 22 años, pero desde los cuatro trajinaba con su padre, Francisco Amaya, “el Chino”, guitarrista que se ganaba la vida como podía. Con él, Carmen recorría las tabernas cantando y bailando para luego pasar el platillo y recoger las escasas monedas con que premiaban la gracia que ya derrochaba aquella humilde gitanilla. Aunque entonces nadie hubiera podido pensar lo lejos que llegaría, fue en aquellos ambientes tabernarios donde empezó a fraguarse un camino que con el correr de los años la llevaría a ser una primera figura; aquellas fueron las primeras clases de una escuela donde Carmen aprendió lo poco que no llevaba ya en la sangre.

     Después, y durante años, serían los teatros de poca monta y las compañías sin mucha relevancia donde seguiría actuando, aunque sin salir de aquella mediocridad artística y económica, pero cuajándose en aquel arte que la llevó a ser figura no sólo en España y Europa, sino en toda la América latina y los Estados Unidos, donde terminó de consagrarse como artista internacional. 
     Carmen había nacido en una chabola humilde del Somorrostro, barrio barcelonés habitado por los menos elegidos de la fortuna, en una numerosa familia en la que todos sus miembros tenían algo que ver con el flamenco; (su madre, Micaela Amaya, fue una gitana que en la crianza de sus diez hijos derrochó el arte y la natural disposición que tenía para ser bailaora); no obstante, a ninguno de aquellos familiares se le conoció artísticamente fuera de los límites estrictamente locales.
     En cambio, Carmen, gitana desde sus más hondas y antiguas raíces, que era todo genio y pasión, que parecía llevar en las venas el fuego de las fraguas de todos sus ancestros gitanos, y en las que se le encendía la sangre sólo con escuchar los acordes de una guitarra, fue la única que elevó su apellido y su raza a lo más alto del palmarés flamenco.
     Bailaora genial, sus brazos eran como sarmientos atormentados ardiendo en el fuego del baile, provocando en el aire torbellinos de gracia y de misterio, de duende y de embrujo gitano en los que los  movimientos de sus manos, palomas morenas e inalcanzables, trataban de alcanzar el cielo, pareciendo descoyuntarse en giros inconcebibles mientras sus pies se movían con un ritmo casi epiléptico y como poseídos  por todo el compás de toda la raza gitana.  
     Pero como hemos dicho anteriormente, tendría que llegar aquel año de 1935 para que la estrella de Carmen, tanto tiempo eclipsada en aquella oscura y triste chabola de su barrio barcelonés, brillara con tal intensidad que hizo que el nombre de Carmen Amaya fuera admirado y cotizado en el mundo entero. Porque fue en Madrid donde comenzaron a abrírseles las puertas del éxito y de la gloria, que nunca más se le cerraron.
     Aunque en Carmen el baile fue lo fundamental y a él le debió toda la gloria y la fortuna que su arte le deparó, ella siempre cantó, con su voz ronca y agitanada, tan personal y flamenca, como demuestra las grabaciones que ha dejado, pocas, pero en las que se aprecia su buen hacer, y que de haberse dedicado al cante hubiera tenido mucho que decir.
     En 1952 casó con Juan Antonio Agüero, santanderino de buena familia, guitarrista payo que trabajaba en su compañía.
     El cine también la reclamó en múltiples ocasiones, sobre todo en Argentina, obteniendo según la crítica de la época un gran éxito en la película “María de la O”, en la que apareció junto a la incomparable bailaora Pastora Imperio. Pero siempre actuó bailando, que era lo suyo, y para lo que había nacido Carmen Amaya.

CARMEN AMAYA    
SARMIENTO GITANO

De flamencura y sangre catalana,
el baile fue su solo fundamento:
la cola de su bata era de viento
y con ella arrasó la piel hispana.

En sus brazos de cobre y filigrana
hacíase compás el movimiento,
y en su propia pasión, como un sarmiento,
quemabánse sus fibras de gitana.

Hija del corazón del Somorrostro,
en sus calles mamó el primer calostro
y en ellas aprendió su magisterio

Y en sus giros, al ritmo de los cantes,
los duendes le movían los volantes
en olas de jondura y de misterio.

Paco Acosta Roldán

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