logo

Tu diario. Libertad de expresion

Visite nuestro patrocinador                     Visite nuestro patrocinador

Tel. Alhaurin.com 678 813 376 Telf. de interés Su opinión Clientes Colaboraciones Normas de Alh.com Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca Todas las carpetas •0 usuarios en línea • Martes 19 de Noviembre de 2019
banner

Recuerdos, memorias, vivencias

Cuentos y relatos globales. 15.02.09 

Francisco Sancho González. sanchobcn@hotmail.com
Preámbulo

Con el propósito de rememorar algunos aspectos de  una niñez y primera adolescencia –hasta los 13 años- en unas condiciones extremadamente  difíciles  de la  inmediata posguerra, y muy especialmente para los hijos de los derrotados, pretendo con estas líneas reflejar  como tuve que aprender a trabajar antes que a jugar, y como ese trabajo era imprescindible para  la subsistencia, y la valoración de ese trabajo, algo determinante para empezar a entender el carácter  tan brutal de la victoria del nacionalcatolicismo, que era la forma mas genuina en que se mostraba  el fascismo, encabezado por Franco. He querido hacerlo ahora que se cumplen 70 años de aquel “alzamiento nacional” y que por fin se va a aprobar una ley sobre la recuperación de la Memoria Histórica, aunque no tenga este nombre, ni sea tan ambiciosa como muchos durante años venimos reivindicando.
Estoy convencido de que muchos de mis contemporáneos, encontrarán reflejada, parte de su niñez y adolescencia, a ellos se lo dedico con afecto.  

 De los primeros años de mi existencia, en la dictadura del nacional- catolicismos.

Cuando nací – 30 de  Octubre de 1939- la guerra civil había acabado unos meses antes –el 1 de Abril- y mi padre, del bando de los derrotados, estaba en la cárcel, le habían detenido con su unidad militar, con la que, - según me explicaría muchos años después, decidió entregarse, pues el la mandaba con el grado de teniente, y era aconsejable entregarse antes que disolverse,  e intentar la desbandada.

Cuando me conoció yo tenia casi 2 años, y fue en la prisión de Badajoz a la que le habían trasladado desde la anterior, Ocaña, después de pasar por la de Tudela, y  Segorve,. Aquí pasaría los 3 años de condena, definitiva, que finalmente cumplió tras la revisión de la primera que fue de 30 años y la segunda de 12. Recuerdo, - pero no estoy seguro de que fuera memoria real-, o de habérselo oído muchas veces a mi madre, que mi padre me cogió en sus brazos y me abrazo y besó llorando, desde el otro lado de la reja,  metiendo mi  pequeña cara  por entre dos barrotes, y que yo llevaba, colgada al cuello, una rosca de goma, que se les solía poner por entonces a los niños, para que las mordieran, cuando tenían rabieta por asomarles los primeros dientes. Aquella imagen y aquel momento, lo he soñado multitud de veces.

Como con mi padre, o mi padre con ellos, habían estado en la cárcel o en el frente republicano, varios paisanos de la provincia, con algunos de estos se encontraba, si le era posible, con motivo de las  fiestas locales del pueblo del que se tratara, pues con ello no despertaban sospecha de encuentros conspirativos.

Tengo un recuerdo imperecedero de una romería de San Isidro en Talavera la Real, cuando tenia 4 años, en este pueblo vivía un tal Pepe -  cuyo apellido nunca supe -  que era muy amigo de mi padre y habían estado largo tiempo juntos en la cárcel, el caso es que para llegar a un campo  de encinas, había que cruzar un gran río, - supongo que el Guadiana, con una balsa, en la que subimos: Pepe y su mujer, sus dos cuñadas, mi padre mi madre y yo, más tres mulas y un carro engalanado para la fiesta campestre. Yo llevaba en la mano un grillo que había cogido de entre las hierbas próximas al embarcadero,.  Era la primera vez que subía a una barca-balsa, y sentado en su suelo de madera, veía impresionado las aguas por las rendijas, cuando el grillo me mordió un dedo, y al aflojar la mano por el dolor, se me escapó y calló al agua por una de las rendijas, con dos lagrimones,  por el mordisco y por la perdida del mordedor, me levanté fui hacia la parte trasera de la balsa y vi como el grillo intentaba nadar hacia la orilla, cuando un pez – maldito pez – saltó bruscamente y lo engulló de un solo bocado. Volví hacia el grupo, ajeno a mi drama, la cuñada mayor al verme  llorando me abrazó y me pregunto si me daba miedo ir en la barca, lo negué con un movimiento de cabeza, justo cuando llegábamos a la otra orilla que, Ana – creo se llamaba – como el resto del grupo, preocupados por la operación desembarco, se olvidaron por completo de mi angustia, y ni me preguntaron por el grillo, a pesar de que yo hacia esfuerzos por mostrar que no lo llevaba, abriendo ambas manos lo más posible, y eso que todos ellos hicieron grandes aspavientos cuando lo cogí, como si de la gran hazaña del día se tratara. Nunca pude entender, ni entonces ni después, que hasta la hora de comernos el gazpacho, ninguno de ellos se acordara de “Mi” grillo, y cuando contesté al Pepe que fue el que me  preguntó por el bicho, y le dije que se  había caído al agua,  cuando  veníamos en la barca, lejos de expresarme   su pesar por la perdida, soltaron grandes risotadas, unas sonoras, otras reprimiendo el sonido con las manos en las bocas, lo que me produjo la indignación mas grande que recordaba hasta entonces y mi mayor desprecio a aquella romería con sus bailes y sus cantes, especialmente uno de estos últimos que  - no se si por su letrita o por las circunstancias en que lo aprendí, ya no se me olvidaría nunca, decía así: “A la gira la gira al trigo al trigo. Las mujeres casadas con sus maridos. A la gira la gira que las solteras. A tumbarse en el trigo van las primeras”.

Lo único reconfortante de  la romería fue, un refresco de limón natural, que para mi tenia un sabor especial, tomado a la sombra de una gran encina, mientras los de mi “grupo” bailaban los compases de un acordeón por toda orquesta, de cuyas “piezas” que así denominaban a las canciones interpretadas, o ejecutadas por “la orquesta de turno” recuerdo dos tangos, “La bien Pagá” y “Tatuaje” que algún tiempo después me aprendí, por oírselas muchas veces cantar a mi padre. Poco después de acabar el baile, sobre las 7 de la tarde, iniciamos el regreso, a mi me montaron a la grupa de una de las mulas detrás de Ana, a la que me agarré a su cintura con todas mis escasas fuerzas, en  el camino desde donde estábamos acampados, hasta el río donde volveríamos a subir a la balsa para cruzarlo,  el viento me arrebató un gorro de papel amarillo, redondo   con borla,  que me habían comprado en el tenderte junto al recinto del baile, el dichoso gorro con el que me sentía a gusto y protegido de un sol excesivo para la fecha,  voló tan alto y en dirección contraría, que lo perdimos de vista ,   subimos a la balsa y cruzamos el agua, y ya al otro lado hicieron los últimos preparativos para iniciar el regreso de la romería. Adornaron el carro y las mulas con hierbas y flores, las 4 mujeres se colocaron sus pañuelos en la cabeza y los cubrieron con bellotitas y lirios silvestres, los 2 hombres se calaron sendos sombreros de paja y los adornaron con florecillas rojas, y a  mi me cubrieron la cabeza con un sombrero improvisado, echo  de juncias verdes cortadas de la orilla del río.

Cuando se juntaron los diversos grupos romeriles , iniciamos la marcha triunfal hacia el pueblo, repitiendo los cantes de rigor, entre ellos de nuevo el de : “a la gira la gira al trigo al trigo” el  Pepe quiso que  terminara   periplo con alegría, y me sentó en el pescante del carro, entre sus piernas, y me puso en las manos las bridas de las mulas, para que simulara que yo las conducía, pero de nuevo ¡el gozo en un pozo¡ la mula de la izquierda disparo un carretón de liquido verdoso, encima de mis zapatos, calcetines y piernas, que me hicieron explotar la rabia acumulada durante todo el día, en un llanto a todo grito. De nuevo Ana,  fue  mi protectora, bajó de un salto del carro, me cogió con cuidado, desviando mis zapatos de su vestido para que no la emponzoñara, y con trapo mojado con agua de un botijo de barro,  me limpió con todo el esmero, me subió al carro con ella, se sentó en una de las dos sillas con asientos de ballón y me acurrucó sobre sus pechos canturreándome bajito hasta lograr que me durmiera tan profundamente que cuando desperté estaba en una cama pequeña de su casa, donde pasé la noche, al día siguiente volvimos a Cristina, durante todo el viaje vine rememorando el olor de Ana, sus caricias, su regazo sus besos y su aliento,...   logrando borrar todos los desastrosos percances de aquella romería a la que nunca debieron llevarme.

                                            Primer nieto y sobrino de la Saga Sancho.

Los abuelos maternos no llegué a conocerlos, pues ambos habían fallecido poco antes de que yo naciera, por ello solo tuve relación filial con los abuelos paternos, José y Mercedes, y que por ser su primer nieto, y por que vivían en mi misma calle Sta Cristina, con sus 4 hijos barones, y la única hija, Magdalena, todos solteros, pues mi padre era el único casado de los 6 hermanos, me pasaba mas tiempo en su casa que en la mía. En su corral me familiaricé tanto con todo cuanto había, gallinas, conejos, la perra “Canela” y una tortuga grande “Galápago” se les decía, que invernaba escondida en la tierra junto a las dos higueras del centro del corral, desde noviembre hasta abril, que reaparecía, `para pasarse toda la primavera y verano, junto a una pila de barro cocido, llena da agua para las gallinas y los conejos, y la perra, desde detrás del brocal, lanzaba su enorme lengua de 7 u 8 centímetros, contra las moscas, mosquitos, abejas, incluso avispas, que revoloteaban junto al agua, y las engullía, mientras yo la observaba embelesado durante horas. Tan pronto como reaparecía de su hibernación, la tía Magdalena iba a por mi a toda prisa, pues concia mi querencia por aquel galápago, y además era otro motivo añadido para que estuviera en su casa con ella y con la abuela Mercedes.

Los conejos, -las hembras parían en jurras que escarbaban en la base de las paredes de tapias de tierra medianeras con las casas; por arriba de la Seña Nieves y por debajo de Manuel Chato, las horadaban tanto en algunos tramos que corrían peligro de derribarse, por lo que desde pequeño empecé a hacer barro y a tapar con este y trozos de adobes o piedras, aquellos agujeros- madrigueras, como había visto hacerlo al abuelo José y luego a mis tíos.

                                                                El parto de la Canela.

   Yo lo esperaba impaciente, para que alguna de sus criás hebra que mas se pareciera a la madre fuera para mi casa que no teníamos perro. Por fin llegó el parto y Canela lo hizo en el nidal donde las gallinas ponían los huevos, tan escasos para tantas bocas como valiosos como lo eran fritos, y que yo sacaba todos los días del nidal, sabiendo previamente de que gallinas eran por haberles metido el dedo en el culo “haber si tienen huevos” como había visto hacerlo a mi madre, a la abuela, o a la tía Magdalena. El día del parto de 6 perritos, dos de ellos hembras, que no se parecían en nada a la madre, en el nidal debían haber 5 huevos según yo mimo había comprobado con la metedura de dedo, el caso es que de los huevos no quedaba ni rastro, y la abuela y Magdalena pensaron que la perra se los había comido, e indignadas le pegaron al animal un montón de estacazos, algo que no habían hecho nunca, como tampoco ninguno de mis tíos, la abuela mando a Juan a tirar los 6 perritos a las traseras, pasando por la calleja que entonces había entre el salón de la Maria Luisa y la casa de Luis Mancha. Cuando me entere al día siguiente, del castigo a la perra y de la muerte de sus 6 criás, me cogí tal berrinche que me largue corriendo y llorando a mi casa; no podía soportar que pegaran a la canela que era mas buena que el pan, y que no me hubieran guardado una de las criás hembra, aunque no se pareciera a la madre. Estuve una semana sin ir a casa de la abuela, hasta que la tía Magdalena  se presento en mi casa con los ojos humedecidos, me cogió en brazos, se sentó en una silla baja, y lloriqueando me dijo; ¡mira lo que ha pasado, la Canela cuando se puso de parto, aparto del nidal con cuidado los huevos, escarbó la paja, hizo un hoyo muy hondo y metió los huevos, luego hecho mucha paja encima para que no se rompieran, y luego parió encima, hoy, al escarbar el nidal la gallina jabada que iba a poner, a descubierto los 5 que creíamos se había comido la perra, la abuela y yo nos hemos dado una jartera de llorar que pa que, y vengo a que lo sepas, a llevarte conmigo pa que también te lo explique la abuela, que nos perdones por haber pegado a la canela sin motivo!. Disimulé que me llevaba un poco a la fuerza cuando en realidad lo estaba deseando...                           

El abuelo José Sancho (oliveño) me llevaba con el a todas partes desde que empecé a andar a gatas, me montaba en su burra cana, delante de él a “pernacachones” pues a mojoncillas solo se montan las mujeres y la niñas, me llevaba a “sus” partes de la Gesa, por todo el día donde aprendí a conocer lo que tenia sembrado, Cebada, Trigo, Avena, Habas, Garbanzos, etc.. así como todo cuanto se criaba en la tierra de forma silvestre que era comestible, Tagarninas, Romanzas, Conejeras, Espárragos, Cardinchas tiernas, Hinojos, Berros... estos últimos, en el regacho La Fuente la Mayor. Estas hierbas y hortalizas silvestres, serian el principal sustento, en los duros años de hambre de la inmediata posguerra.

El abuelo sembraba melones a “medias” en una finca del tío Anselmo de Llanos, en la carretera de Guareña, junto al cerro El Molino Viento, y me llevaba con el a guardarlos de noche, desde dentro de un chozo de poco mas de un metro de altura por otro tanto de diámetro en su base, construido con “Mamones” de los olivos mas próximos del Belloso. Allí dormí por primera vez al raso y a la luz de la luna, fuera del chozo junto a una mata de melones. El abuelo me regalo una navaja muy afilada, “para partir los melones” pero que yo utilizaría mas para hacer las primeras (Mochas) varas de olivo o encina de unos 15 centímetros de largas, por un C de diámetro,  aguzadas por ambos extremos, con las que los chavales en grupo, pasaban largo tiempo en el juego mas popular y barato de toda una época,  se colocaba la mocha inclinada sobre una piedra pequeña, con una vara hecha para el juego, se le daba un golpe sobre la parte superior, haciéndola saltar de la piedra a la altura aproximada de la cabeza del jugador dando giros en el aire, entonces con la mejor habilidad se le propinaba el golpe mas fuerte posible con la vara, el que mas lejos consiguiera lanzarla, sería el ganador de aquella “mano” ronda, y el que ganara mas rondas sería el campeón. Pese a mi gran afición a  este juego y a que yo aportaba mis buenas mochas,  mis primos Tomas y Pablo Carmona y Manolo el de el tío Domingo, no me dejaban jugar, “todavía eres mu chico y te puedes saltar un ojo con la mocha” me decían.

                                                                              .....................................

Tendría yo 3 años y poco mas cuando murió el abuelo, y pese lo unido que estuve a él, apenas lo recuerdo, quizás por que me ocultaron su muerte, tanto como pudieron para evitarme el trauma.

Tras la muerte del abuelo, me convertí en una especie de mascota de mis tíos y mi padre, que como trabajaban y/o cazaban casi siempre juntos, siempre les acompañaba. Con mi tío Juan – por ser el mas joven de los hermanos, entable una relación muy intima, que mantuvimos hasta su muerte. En una ocasión, por Santa Cristina les acompañe a la caza de la tórtola, al Arrollo las Adelfas, Juan me hizo un “puesto” y me puso la red en un charco, donde según él vendrían a beber muchos pájaros, nada mas meterme en el chozo, se poso un jilguero en una mata de tamujos próxima, cantando y piando toda la mañana, sin dignarse a acercarse al agua, cuando acababa con mi paciencia, se largó con “su” música a otra parte, en esto que una Coguta, se acercaba a la red andando, mirando hacia uno y otro lado, y titubeante, se metió por debajo del cordel de la red a beber, en un diminuto charco, que yo había formado al regarla, lanzando con las manos el agua, con todo el cuerpo temblándome, tiré del cordel, y la Coguta, por el susto mas que por el efecto, voló hacia dentro de las mayas quedando enredada con el reverso de la red, tardé mas de 15 minutos en desenredarla, para lo cual tuve que romper unas cuantas mayas, pero estaba eufórico por mi primera caza con red, aunque hubiera sido con el revés de la misma. Extendida y regada de nuevo la red, me metí en el chozo a esperar la siguiente presa, al poco oí un ruido por el suelo del arroyo, mucho mas fuerte que el que hacen los pájaros o las aves, tórtolas, palomas, perdices,...  entonces una becerrilla se metió de 4 patas encima de la red y se puso a beber en el charco, salí del chozo voceando para espantarla y -ajala no lo hubiera hecho-, la madre de la becerra que la vigilaba atenta, enristró tras mi con su enorme cornamenta, a una velocidad meteórica, pero inferior a la mía, que en cuestión de segundos, trepe por el tronco – algo inclinado eso si- de la encina joven mas próxima hasta la horquilla, acezando de tal manera que el corazón se me salía por la boca, la vaca le daba trompazos al tronco, bramando y babeando, escarbando la tierra con sus pezuñas delanteras lanzándola hacia su barriga, como me creía fuera del alcance de sus cornadas me relajé un poco, me senté sobre la horquilla del tronco con los pies colgando, al verlos la vaca envistió de nuevo llegando casi a rozármelos con sus cuernos, y de nuevo el pánico me invadió por completo, poco después cuando me calmé un poco, sonreí satisfecho por saberme a salvo. El acoso duro una hora larguisima, hasta que la becerra tubo a bien empezar la retirada lenta y zizeante, y la madre tras ella, mientras volvía la cabeza y los cuernos para mirar a la encina donde yo seguía inmovilizado, por si se me ocurría bajarme. Pero bajarme solo lo hice cuando los dos animales estaban a media legua de distancia y había dejado de verlos. A pesar de un trago tan largo y tan amargo, no les conté a mis tíos ni a mi padre el incidente hasta unos meses después, por temor a que no me llevarán con ellos y no me hicieran el “Puesto” en el que ya había cazado, aunque solo a una Coguta, y no al Jilguero de los tamujos...

Con el tío Juan – además de acompañarle a poner las costillas y/o la red, me iba a la Era Pajares de la  (gesa) donde por las tardes trillábamos las habas, garbanzos incluso altramuces, con las pezuñas de 5 (Burras) una de cada hermano, y nos quedábamos a dormir de noche encima de la parva, de las    - la mía- nuestra “la Rucia” paria mulos- bueno mulas- y como los mulos barreros eran muy apreciados para el trabajo de tiro y la carga, mi padre las solía vender a buen precio, ello nos ayudó a pasar con menos penurias aquéllos difíciles años, incluso a pequeños ahorros con los que poder  -en parte - construirnos una casa grande de tapias en el Cebollero, pues en la que vivíamos – en parte de ella - era de alquiler de la “Seña” Epifanía, que por cierto hizo de partera cuando yo vine al mundo,- sobre esta casa y sus características, volveré mas adelante para explicar algunas de sus singularidades.

En cuanto a la trilla con las 5 burras, como yo era el que las manejaba desde el centro de la parva, como trillador, mientras mi tío remetía las pajas con la horca, o se iba a poner las costillas, a mi Rucia siempre la ponía la primera de la ristra , para que diera las vueltas mas cortas y se cansara lo menos posible, mientras a su burra – también rucia oscura, hija de la cana en la que me montaba el abuelo José- como era la mas joven y fuerte, la ataba la ultima, obligándola a dar las vueltas mas largas, y cuando socarronamente Juan me lo recriminaba, le respondía con igual socarronería “mi rucia es la única de las 5 que pone los/as mulos de Oro” y tengo que protegerla contra los mareos y el cansancio de la trilla. Me contestaba riéndose; “eres mu espabilao pa se tan chico”

                                                     Las cinco burras “MIS” compañeras de trabajo.

Con aquellas 5 bestias,- así se nombraba a los burros, mulas o caballos-, “las bestias” ejercí de manigero al menos 10 años consecutivos, arrimando tierra o leña, para el tejar de abajo, -junto al molino de Paco Mancha-  por lo que creo merece la pena dedicarles unas líneas, pues mi  trato con ellas determinarían en buena medida mi carácter y forma de ser. Ya estaban todos los Sanchos barones casados acepto el tío Juan.  De mi rucia y la de  Juan, la Magdalena y la abuela, ya he dicho algo, las otras 3 del grupo eran así mas o menos; la del tío Manolo, era de color castaño oscuro, la mas pequeña y endeble, la “Perrunilla” muy baja de aguja, por lo que teníamos que ponerle a la albarda una “Tajarria” doble para evitar que el serón de tierra, o la carga de leña, se le fueran al pescuezo. La de el tío Juan Maria era canosa y fuerte, de muy buena planta, pero mas perra que la chaqueta de un guarda, y mas lenta que ella sola, inmune a los pinchazos en las “cruceras” como a los estacazos, siempre iba rezagada 50 o 60 pasos del resto. Merece  atención especial la de el tío Nicasio, una de color castaño claro, mas falsa que Judas, recuerdo las dos patadas que me pego en la barriga, recién metida en la cuadra de noche, el día que la compró en la feria de la Zarza, y que yo celebraba por ser la nueva de la “familia”. Perjuré que no me volvería a dar coces, y pronto lo conseguí absolutamente, hasta el punto que mis tíos se asombraban, cuando me acercaba a ella y se mostraba completamente mansa, mientras a ellos – acepto a su dueño- les volvía el culo cuando se le acercaban lanzándoles patadas fortísimas, impidiendo que la cogieran del “cabresto”, todo lo que tenia de falsa, lo poesía de inteligente, conocía el miedo que infundía en los otros que la trataban, y con arreglo a ello se comportaba. Un día arrimando pizarra de los cabaeros del camino “el rincón” al tejar de abajo, que descargábamos en un pequeño replano junto al arrollo, donde la molíamos, quiso hacerme la jugarreta de siempre, había venido todo el camino la ultima de las 5, y 20 o 30 metros antes de llegar al lugar de descarga, apretaba el paso colocándose en cabeza, llegando la primera, para que fuera a ella a la primera que descargara, cuando comprobó que no la descargaba la primera, se revolvió y empezó el galope por el mismo camino en dirección contraria, volcando el serón lleno de pizarra en la pendiente del arroyo, pero como por precaución justificada, siempre se lo ataba apretado, de un asa a otra por debajo de la barriga, el serón  y la albarda, le quedaron entre las 4 patas, que al intentar pisarlos con las patas traseras para librarse de ellos, quedaron enganchadas,  impidiéndole la carrera por completo. Le quité el serón y la albarda, y los llevé al montón de pizarra, ate a las otras 4 burras a la madera del rulo, y me monté a pelo sobre la “falsa” y pinchándole con fuerza en las cruceras la lleve a la carrera hasta el cerro La Fuente, y en un olivo de mi tío Domingo la ate el hocico al tronco lo mas alto que pude dejándola casi inmovilizada, con la vara verde y  fuerte de olivo  de la que siempre iba provisto, le di un repaso en toda regla, pero como ya había aprendido a hacerlo para no dejarle señales, hasta que quedo mas suave que un guante. Ya nunca mas intentaría que la descargara la primera, por lo mismo cuando comprobé su nueva actitud, siempre la descargué, por riguroso orden de llegada.

Esta burra había recibido  muchos golpes en la cabeza con anterioridad a que la comprara el tío Nicasio, por ello cuando se la amagaba a la testa, se enloquecía dando vueltas repentinas, con el hocico entre las patas delanteras,!quizás por ello se había hecho se había hecho falsa! Llegué a pensar yo-.  Una mañana la tía Sacramentos se acerco sobre las 10 al tejar, montada en la burra a mojoncillas con cuatro cantaros de agua en unas aguaderas de otros tantos jaques, mas otro  pequeño “botijo” en su regazo, sin bajarse se estacionó ante la puerta pequeña de la nave que daba a las traseras, desde allí llamo a su marido, Nicasio, para entregarle un cuarterón de tabaco verde en picadura,  y creo que una olla de café con leche para el grupo, tras una breve estancia dijo que se marchaba, y empezó a arrear a la burra con los chasqueos y arres  al uso; el animal que había visto y olido a sus compañeras que estaban maneadas en las proximidades del tejar, en lugar de coger el camino hacia casa que le indicaba su dueña, lo hizo hacia los campos colindantes, donde estaban sus compañeras de carga, Sacramento la amago a la cabeza -sin poder pegarla- con la soga mojada que había utilizado para sacar el agua del pozo de la fuente, el animal empezó a dar vueltas vertiginosas, y a la segunda Sacramentos voló por los aires cayendo de espaldas sobre el suelo con el cántaro que llevaba encima,  a punto de esnuncarse, igual suerte corrieron los otros 4 cántaros y la aguadera doble. Hete aquí que de nuevo tuve que hacer de pacificador de la bestia yendo a su busca, pero como estaba reciente el repaso que le había dado en el olivo de Cerro la Fuente, corría a trechos delante de mi -parando y corriendo de nuevo- por el camino del cementerio, frente al cual y tras llamarla halagadoramente, pude cogerla, me monte en ella y la lleve y maneé  junto a las otras burras oculta por la pared del molino de Paco Mancha, para evitar que su dueño Nicasio, le propinara una somanta de estacazos tan granda como el cabreo que aun tenia, todo y que Sacramento ya se había repuesto de la caída y del golpe en la espalda, y reía como los otros, por que al fin y al cabo, lo  mas grave había sido quedarse sin los 5 cantaros de  barro que se habían hecho añicos.

                                             De aguardo a las liebres con el tío Manolo.

Por que yo pasaba mas tiempo con Juan, Manolo sentía una especie de envidia sana por no acompañarle tanto como al otro, y que disfrutara – como el lo hacia- con sus aficiones, sobre todo con “Ir de aguardo a las liebres” que se hacia de noche a la luz de la luna, pero las noches, eran las mejores para jugar a la (mocha) a la (entera) al (repión) a las (bolas) etc, por ello había declinado sus reiteradas invitaciones, hasta que me decidí a acompañale una noche a la antefalda de la Sierrecilla, donde Vicente el de la Iluminada tenía ana “suerte” estrecha sembrada de sandias, donde iban a comerlas las liebres, pues según él habían muchas cagalutas y sandias mordidas. El puesto de aguardo tenía que ser un olivo junto al camino y las primeras matas, pues un chozo las alertaría y no acudirían. Para acondicionar el olivo, mi tío troncho los “chupones” de las ramas que serían nuestros asientos, pero quedaron los restos en forma de pinchos, me subió al olivo y el hizo lo propio, con mis pantalones cortos y mis sandalias de goma, pronto empecé a sufrir los pinchazos en las piernas desnudas, que me obligaban a moverme hacia otra posición mas cómoda, y eso que Manolo me había advertido, ¡en el olivo ni te bosques! A los pinchazos vino a sumarse un enjambre de hormigas “mantequeras” de piés a cabeza, y cuyos mordiscos, mil veces superiores al tamaño de sus cuerpos, me producían un dolor tan inaguantable como el olor a manteca añeja, tan intenso y repugnante que desprendía, aquella jauría de animales diminutos.  Cundo no podía soportalo mas salté del olivo, me alejé unos 50 pasos y desnudándome completamente, me refregué todo el cuerpo con tierra seca, así pude desprenderme los cientos de aquellos bichejos que me seguían mordiendo, pero no de los escozores que me durarían varias horas. Desde aquella distancia oía al tío Manolo refunfuñar  “ la puta hora en que te traje de aguardo”. Por el camino de regreso a casa, Manolo aparentaba ser duro conmigo y estar muy enfadado, pero cuando le miraba de reojo le veía riéndose de mi desgraciado percance con las “mantequeras”. Si te hubieras vestido como los hombres, con pantalones largos, no te hubieran mordido tanto las hormigas,- me dijo- y luego que a él también le habían picado muchas, pero se había aguantado, “estaría bueno”. ¿Y las liebres que iban a venir en manada? le pregunte,- ¡con el ruido que tu has armado te habrán oído desde el otro lado de la sierrecilla, así que coño iban a venir las liebres!. –La próxima vez que  vengas de aguardo te traes otros pantalones y otros calzado. Le dije que bueno mecánicamente, mientras pensaba que esta ha sido la única y última vez que yo iba de aguardo.

                                 El tío Juan María “sus canciones, sus versos” y su tórtola reclamo.

Era, de los hermanos, el mas dicharachero y juerguista, con gran inventiva, para la parafernalia de las fiestas y juegas locales  componiendo la letra de canciones dedicadas a compañeros de trabajo, a amigos o a alguien en boga por las circunstancias que fueran. Adaptándoles la música de algunas canciones de moda, a Manuel Chato siempre le dedicaba alguna, al final de la temporada del molino de Paco Mancha donde trabajaban ambos. Como el chato quiso echarse novia en la Manchita y los mozos manchegos le hicieron correr del pueblo obligándole a desistir del noviazgo, la canción dedicada decía al comenzar: “Ya no va pa la Manchita. Ya no tiene que corre” Otra sobre las “bestias” del Chato decía en su primera estrofa: “Los burros ya te tienen mu calao. Cuando te ven con el costal de los salvaos”.Cuando se casó su amigo José el Cuco, con la Maria Gallego, le compuso una que decía: “Que guapa vas Maria, Maria, Maria que guapa vas. Con el Cucurcü  con el Cucurucú con el Cucurucucurucá”.Cuando se caso la Fidela, - hermana de la Incolaza-  con un guariñejo les compuso un verso al que luego le adaptaron la música de una copla sobre el bandolero Luis Candela, entre otras cosas decía: “En la calle que vivo no te lo digo. Por que viene el Faccioso y me quita el trigo. Estoy en vela, estoy en vela, esperando que pase ¡ay! La Fidela.

Juan Maria era tan aficionado a la caza de las tórtolas con la red como todos los hermanos, me echaba en cara que yo solo pusiera la red a los pájaros.!si te atrevieras, te daba mi red y mi tórtola de reclamo,- que es la mejor de todas- y vas a ponerte al charco de los cabaeros, que por la siesta- ahora que están criando- van muchas a beber!. Me llevé a mi hermano Tomas como ayudante y nos tiramos toda la mañana acarreando mamones y taramas de los olivos y encinas próximos, haciendo el chozo, preparando la ladera del charco, y por fin poniendo la red y el cimbel con la tórtola atada encima del corcho. Nada mas meternos en el chozo empecé a tirar del cordel del reclamo, y aflojándolo despacio lograba que la tórtola reclamo hiciera un aleteo muy suave en su caída,  acto seguido, dos tórtolas-madre, que llevaban toda la mañana en las cogollas de un chaparro próximo al cabaero, arrullando como lo hacen cuando están criando, se lanzaron en picado encima de la red. Descompuesto por los nervios, pegué un tirón del cordel de la red, y la vara de esta al levantarse, se enganchó con la del cimbel partiéndola junto al corcho, la tórtola del reclamo,- ciega- voló hacia el cielo, en dirección a lo alto del serrajón hasta que la perdimos de vista por la altura. Cabreados como monos, recogimos los trastos y nos fuimos para casa. Yo iba recomiendome por dentro, por lo que me diría Juan Maria, cuando le dijera que había perdido la tórtola reclamo, que tanto apreciaba. La bronca no fue tan grande como me temía, pero la hubo, ¡prontito te dejo yo la red y el reclamo si me imagino esto! Me dijo al explicale el percance, pero eso si con cara de mucho cabreo... Unos cuantos días después, guardando ovejas con Isidro Mateo, la encontré colgada de lo alto de una encina, con el corcho del cimbel atado a sus patas, medio desplumada por las hormigas y las moscas que poco a poco se la estaban comiendo. Esto nunca se lo dije al tío Juan Maria, para no refrescarle el disgusto.                          

                                      La casa de la Seña Epifania y el Tío Valentín Petra.

Con anterioridad expliqué que solo utilizábamos parte de esta casa, pues la nave trasera la utilizaban sus dueños como cuadra y establo para 2 burros y una vaca, y como pajar del cual nos abastecíamos nosotros, con acceso desde la puerta del corral mientras sus dueños lo hacían por la puerta “falsa” de las traseras, - nunca comprendí por que a estas puertas se les decía Falsas, si eran tan reales como las delanteras.

La casa era baja, de tres naves con dos corrientes en el tejado, dividida en seis piezas cuadradas, desiguales, atravesadas por un pasillo amplio, las dos delanteras mas la siguiente de la izquierda eran dormitorios, la de la derecha era multiuso, para la escalera que subía al doblado, bajo la cual estaba la despensa, quedando el resto con el trozo de pasillo correspondiente, como espacio comedor, para cuando comíamos en mesa, la pieza última de la izquierda era la cuadra para la burra rucia y sus criás cuando aquella paría, separada por una pared de adobes de algo mas de media altura, del trozo de pasillo correspondiente y la pieza de enfrente que era la “cocina” a la cual llegaban con toda nitidez los ruidos de las defecaciones de las bestias, sus hedores y la multitud de moscas que acarreaban. La cocina, sin chimenea ni respiradero con el techo tan bajo, de “teja vana” cuando encendíamos la lumbre para cocinar y/o para calentarnos, con leña de taramas o jaras verdes, y si el aire venía de la Oliva, la humareda era colosal, llenando toda la casa, escociéndonos los ojos, con sus consiguientes irritaciones, e impregnándonos de olor a humo de “leña verde” que nos acompañaba de la mañana a la noche. Si  las llamas alcanzaban cierta altura, las pavesas encendidas prendían en el techo de cañas, cuyo fuego había que sofocar rápidamente, con la escoba de caña y palmito, mojada, siempre preparada para tal fin. El techo estaba mas negro que el Cordoban  -que decía mi madre- tan lleno de “tizne” por el humo y las pavesas pegadas, como la única sartén de tres patas que teníamos, donde aprendí a hacer las “migas” el alimento mas socorrido, de largos años de hambruna, era tal la cantidad de “Jollin” pegado al cañizo del techo, que continuamente caían sus gorullos sobre la sartén, con las migas, las puchas, las sopas de tomate o de harina con tagarninas,-todo lo cocinábamos y comíamos directamente de la sartén – incluso en la olla de café  “chicoria” que mi padre hacía de madrugada en invierno, para tomarlo antes de irse a la gesa, a arrancar la hierba de lo sembrado en “nuestras partes”, o a cazar el perdigón, o ambas cosas, y que yo me levantaba, en cuanto oía restallar las hojarascas, por la lumbre, me sentaba entre sus piernas junto al fuego, bebía el café de su baso, me volvía a la cama, caliente y con los ojos llenos de lagrimas, por aquel fatídico humo, siempre presente.

Toda la casa, tenía los suelos de barro batido,-excepto la cuadra, que era de tierra- , mi madre los refregaba con un  trapo lleno de  barro- liquido  hecho con tierra azul, que vendían los “zarceños” de forma ambulante, con sus burros con grandes alforjas llenas de esta, o de tierra blanca, para pintar mediante el refriegue con un trapo, las paredes interiores.”No pases pa dentro que tengo el pasillo recién refregao” me decía mi madre, haciéndome estar sentado en el “Lumbrá” – umbral – mas de una hora, pues el “refregao” se llenaba de ampollas al secarse, con una lata de mortadela agujereada por el culo, el “regador” las cubría de agua, y cuando se oreaba, las aplastaba suavemente, con la suela de goma lisa de sus “alpergatas”

                                                   Las latas Regador y mis Grillos.

Desde que recuerdo, siempre tuve grillos metidos en aquellas latas, con hojas de hierbas para alimentarlos, estas mismas latas las utilizaba mi madre como recipiente, para cambiar garbanzos crudos por “Tostaos” que traían al pueblo; primero Nino, de Guareña, con unas alforjas al hombro, los pregonaba como “Taoooj” Posteriormente, una mujer de unos 40 años, vestida siempre de negro, que era de Campanarios, - un pueblo de la parte alta de la Serena-, constituido por gentes del pastoreo trashumante, procedentes de Castilla la Vieja, por lo que pronunciaba un castellano impecable. Esta señora traía los tostaos en una burra negra, en alforjas blancas de doble jaque, cuando pasaba un día frente a mi casa, mi madre – que la había oído pregonarlos- me dio una de aquellas latas-regador llena de garbanzos para cambiarlos, ¡cuando la señora los vertió sobre un jaque de los crudos, cayeron c 4 o 5 grillos, - mi madre se había equivocado de lata- la señora empezó a gritar despavorida, con un ataque de histeria callo al suelo empedrado de la calle, dando grandes estremezones y echando espuma por la boca, la burra espantada por los gritos y el estruendo del ataque de su dueña, emprendió a galope tendido, la calle abajo, tirando al suelo las alforjas, y regando de garbanzos,- mezclando los crudos con los tostaos- toda la calle, hasta la calleja de Luis Mancha, por donde giró corriendo hasta la “casilla” de la luz, donde poco después pude agarrarla, - yo era en parte responsable del estropicio- y me predispuse a aliviar – también en parte- a la señora de los tostaos, de aquel desastroso accidente, devolviéndole la burra ahora ya repuesta del espanto. Las mujeres de la vecindad  recogieron con escobas los garbanzos, i los metieron mezclados en las alforjas, mientras la tía de los tostaos, terminaba de recuperarse, gracias al baso de tila ingerido, y a las bocanadas de aire que la Seña Juana Sopa y mi madre le echaron todo el rato con sendos cartones.

                                                               Los escarabajos de las bolas.

Además de los grillos, tenía en otras latas diferentes, 3 o 4 escarabajos gigantes, que hacían grandes bolas con los cagajones con las “bestias” de las cuales se alimentaba, con sus patas traseras, cabeza  abajo, las empujaban haciéndolas rodar, hasta el lugar que escogían para esconderlas bajo tierra, como alimento de reserva. Los juegos de competición con estos escarabajos eran muy variados, entre quienes los teníamos para ello, - desde carreras rodando las Bolas de estiércol, como sin bolas, hasta competiciones de vuelo, para lo cual, les teníamos atada una de sus patas traseras, a un hilo muy largo, había que buscar el terreno  adecuado, con un cierto montículo, desde el cual podían atreverse a volar los mejor preparados,- pues no todos eran buenos voladores, en muchas ocasiones, ya fuera por el arranque del vuelo brusco, o  por que se acababa el hilo, nos quedábamos con la pata arrancada del escarabajo, mientras el seguía su vuelo, con las 5 patas restantes, pero imposibilitados, para seguir haciendo sus bolas....    

                                                               El Guarrino que me dio el Elois.

Este Elois tenia un almacén de materiales para la construcción, y un tejar con su correspondiente horno árabe a la entrada de Guareña desde Cristina, en dicho tejar trabajaban algunas temporadas, en otoño, haciendo tejas, el tío Nicasio y mi padre, donde con frecuencia yo me pasaba enteras, muchas mañanas o tardes. Cuando me presente un día, sobre media mañana, vi un Guarrino colorao, atado con una soga delgada por el pescuezo, a una estaca de hierro, en el extremo del tejar, gruñendo, y corriendo alrededor de la estaca, en intentos inútiles por escaparse. ¡y ese Guarrino! Le pregunté al Elois, ¡pa cebarle pa la matanza! Me contestó riendo, y a continuación: ¡si le quieres ya puedes cargarle en las aguaerars  de la burra y llevártelo pa casa! A los 5 minutos ya estaba el Guarrino en un jaque de las aguaeras, con las patas delanteras liadas con una tomiza, en el otro jaque metimos unas cuantas piedras de “cal viva” para blanquear la fachada de nuestra casa, próximo al 20 de enero, San Sebastián.  Me monte en la rucia y salí para Cristina mas comento que unas pascuas, recién pasada la huerta Don León salto aquel animal de la aguaera, con mas agilidad que un podenco, y con tanta velocidad como esos perros, me tuvo corriendo tras el, mas de una hora primero por los rastrojos junto a la huerta, y luego por entre los olivos del Velloso, hasta que en un descuido, tirándome encima pude cogerle.

A los tres días de meterlo en la zahúrda de nuestro corral, -de la cual saltaba casi sin rozar sus paredes- había matado y se había comido otras tantas gallinas, cuyo valor y peso de las carnes eran muy superiores alas de este animal carnívoro. Para escapar de los estacazos de mi madre indignada, se metía reptando por la albañal de la nave trasera, donde permanecía agazapado hasta que pasaba el peligro. Enterado de las fechorías del cerdo, mi amigo y vecino José el Sopo me diría con “recochineo” ¡creo que estáis cebando el Guarrino colorao, con vuestras gallinas!. A los pocos días mis padres decidieron matarle, de lo que se encargaría el primo Nicasio el Zapatero.

                                                               El Gato y el Jilguero.

El tío Manolo me había traído de la caza un jilguero, macho según él, y como no teníamos jaula para pájaros pequeños –solo para perdigones- tuve que improvisarle una con trozos de ladrillos, junto a la pila del agua para las gallinas, a la que puse encima  unas cuantas piedras gordas, le metí en ella seguro de que no corría peligro. Cuando salí de la escuela quise ensañársele orgulloso, a mis amigos David y J el Sopo, cuando entramos al corral la jaula estaba completamente deshecha, y del jilguero solo quedaban unas cuantas plumas  mojadas por todo rastro, mientras el gato pardo rayado, dormía placidamente tumbado a la resolana de la pared medianera con la Seña Teresa, en silencio fui a la cocina, cogí las tenazas, y con ellas le pegué en la cabeza con todas mis fuerzas. El gato empezó a dar saltos y convulsiones, al cabo de unos cuantos quedo tendido en el suelo totalmente inmovilizado. “Ya le has matao” dijo mi madre que me había visto ir hacia el corral con las tenazas en la mano; con una de sus alpergatas me dio una zurra de muy señor mío, mientras mis amigos cogían la puerta ¡no fuera a escaparse algún alpargatazo para ellos! Estuve lloriqueando y sollozando, sentado junto al gato muerto, apesadumbrado, por que yo quería a aquel animal tanto o mas que mi madre y le había matado de un tenazazo, cuando ya no podía devolverle la vida al jilguero. Al cabo de un rato largo el gato se puso en píes, y de un salto se encaramó en la pared medianera con la Juana Sopa, y de allí al tejado de la nave trasera, se sentó en el caballete, donde permaneció hasta que sintió el ruido de los platos y cucharas para la comida, se presentó en la cocina como si nada le hubiera ocurrido...mi madre me miró y sonrió insinuándome estar contenta con la resurrección del gato, mientras yo pensaba que la zurra de alpargatazos, a mí  no me la quitaba nadie... 

                                                              El mochuelo.

Desde cuando era mas pequeño siempre tuve bajaros en casa, cogidos cuando eran tripones, tórtolos a los que daba de comer de mi boca a sus picos, espurreándoles con fuerza a sus buches  Alcaudones “ alcudones” mochuelos etc.. para los que cogía ristras de “langostos” clavados en juncos, para alimentarlos. Recuerdo especialmente a un mochuelo, que cogí tripón muy pequeño en su nido en el agujero de un olivo del Cerro, cerca de casa. Se hizo grande como sus padres, y aprendió a alimentarse solo cazando “lirones” en el doblado, al que subía por la gatera, o en el corral,  la nave trasera y la despensa, en casa siempre estaba subido a las puertas de las habitaciones , o del corral y la calle cuando estaban abiertas, volando de una a otra según le convenía. Yo llevaba a casa a mis amigos para que vieran como en cuanto cruzaba el “lumbra” volaba hacia mi asentándose en mis hombros, y a ellos los miraba amenazante, con sus ojos amarillos, estirando y encogiendo el cuello con un movimiento circular, esta forma de asustar a los extraños tenia amedrentada a mi prima Quica Carmona, todo y que esta estaba en mi casa tanto tiempo como en la suya,”no lo puedo remediar, me da muchísimo miedo, cuando me mira con esos ojos moviendo el pescuezo. Cuando tendría 2 años, en invierno, desapareció, todos en casa estábamos apesadumbrados, aunque por motivos diferentes, mis padres, por que decían – y era cierto- que cazaba mas ratones que el gato, y yo por que había perdido a un pájaro, que tanto me había costado criar y amaestrar, y era la envidia de mis amigos. A los dos meses mas o meno, cuando mi madre fue a sacar aceite de una tinaja de barro de la despensa, que era muy oscura, lo encontró ahogado en el fondo. Estuve sin probar nada cocinado con aceite, hasta que me juraron que se había acabado completamente, la causante de la muerte,   -que debió ser horrible- de aquel mi mas preciado de todos los mochuelos que tuve, y fueron muchos.      

                                                                          
                                         La iglesia y los misterios religiosos.

Como era hijo de un rojo significado,  que había cumplido condena, y a pesar de ello mostré desde los primeros años de discernimiento  un gran interés por los misterios del cristianismo, particularmente por los de la “encarnación”, la resurrección y la subida a los cielos de Jesucristo, debí parecer como una especie de cobaya, con la que hacer experimentos, así, me imbuyeron del catecismo, y de la asistencia a la iglesia, como mi única norma de conducta, con la que redimir a mis progenitores, y por extensión a todas las ovejas escarriadas, del bando republicano. mis dos grandes mentoras- tutoras fueron dos primas hermanas de mi padre, la Anita y la Brígida Santamaría, muy devotas ellas, que por haberse quedado en el bando de los nacionales, merecían confianza a las autoridades municipales y eclesiásticas, pero no tanta como para hacerme monaguillo, - eso era excesivo- el cura D Fernando Merino no lo admitió, y eso que yo ya era el “Curita”  mote que me endosó José el Sopo uno de mis  mas íntimos amigos... que arrastraría muchos años a pesar de mi conversión al ateismo.

Tal era mi interes y fervor  religioso, que en una especie “oposiciones al seminario” por Cristina quedé el primero, y que junto a Miguel Gallego, primero de Guareña, el Obispo de  Plasencia en su visita para la confirmación de nuestros méritos, quiso reclutarme para el seminario, pero la negativa frontal de mis padres, frustraron el empeño, el cura Merino cargaría con una reprimenda del obispo, por no haberle informado de los antecedentes rojos del padre del “seleccionado”, “de sobras estaba informado” diría Merino, “lo que  quiere el obispo, es que yo cargue con el fracaso de no haber logrado que el hijo de un rojo significado lo convirtiéramos en cura”.

Seminarista no, pero asiduo visitante de la iglesia y sus “santos oficios” lo seguí siendo con mas fuerzas si cabía, quizás para demostrar que era uno de los mejores discípulos del – catolicismo patrio-  , y los misterios del cristianismo local. Para demostrarlo, explicaba a mis amigos con ejemplos prácticos, como la virgen María fue concebida por el espíritu santo, - cuando hacia sol y este penetraba los vidrios de la ventana de alguna casa elegida al efecto, les decía: mirar así fue “lo mismo que los rayos del sol atraviesan el cristal, sin romperlo ni mancharlo”. Pero  en mi fuero interno empezaban a anidar algunas dudas sobre la identidad de ese espíritu tan santo, capaz de dejar embarazada a la virgen sin tocarla, pues no podía aceptar, que Jesucristo fuera el hijo de Dios,  (como se ha predicado siempre) y este  Dios tan bondadoso le hiciera semejante faena a S José. Acaso ¿no podía haber elegido a otra mujer- viuda por ejemplo? Pues una soltera no hubiera sido bien vista por adultera, ...y yo pensaba si ¡no es mayor adulterio, el de Maria, que estaba casada con José, carpintero, que entonces no era santo, y que ella, precisamente por que estaba casada, tampoco era ya virgen, ya que la virginidad se pierde –según decían los mayores- con el matrimonio, y las relaciones carnales que estos conllevan,...! me resultaba todo un galimatías inexplicable la forma que ese Dios convertía, a una mujer en virgen, y a su marido en santo. En estas disquisiciones me enzarzaba, ¿habrían sido convertidas en vírgenes, por ese Dios, con el mismo procedimiento que con Maria, las 11,000, que predicaban, había en todo el mundo cristiano? Esto me parecía tan fuerte que no quería imaginarlo.

El otro gran misterio que me traía por la calle de la amargura, era el de la resurrección de Cristo, al tercer día de ser crucificado y: como decía la oración,  “subió a los cielos y desde entonces está sentado a la diestra de Dios padre”, ¿si estaban sentados uno al lado del otro y Jesucristo también era Dios, habrían dos dioses no? entonces ¿por que se decía que había un solo Dios verdadero?, la explicación, del misterio de la trinidad, de que padre, hijo y espíritu santo eran la misma cosa “uno en esencia y trino en persona” me sacaba de quicios, y seguía dándole vueltas al asunto sin capacidad para desenredar la madeja....!subió a los cielos y esta sentado a la diestra de Dios padre!, ¿por qué a la diestra y no a la sinistra? ¡sentado en el cielo! ¿sobre que asientos, y donde se apoyan estos, si lo que llamamos cielo es un vació inmenso? Una explicación racional no la encontraba por ninguna parte, por mas que siguiera empeñándome en buscarle cierta lógica a la construcción argumental de estos misterios.

Mis tutoras espirituales, me habían hecho creer a pies juntillas, que el “sábado de glorias” luego de resurrección, podía ver a Jesucristo desde el altar de la iglesia subir al cielo, recién resucitado,  atravesando una pequeña ventana de vidrios en la parte superior de la derecha, pero tenia que estar muy atento por que volaba como un relámpago, en el momento en que el cura hacia un gesto con las palmas de las manos hacia arriba. ¡Ahora! ¿le has visto? y cuando les decía que no, me reprochaban sonriendo, por no haber estado atento al gesto de Don Fernando, ni al inicio del vuelo, lo que me producía la primera duda sobre la subida al cielo de Cristo, que se sumaba a las otras dudas sobre el misterio de la Trinidad, si era difícil que el Espíritu Santo, engendrara en el vientre de María, (de tu vientre Jesús) era  que Jesús volara a los cielos en fracción de segundos, a través de una ventana, por donde no  cabía, me aparecía totalmente imposible.

A pesar de mis primeras dudas, seguí frecuentando la iglesia, y colaborando en tareas de limpieza etc, en fechas próximas al día de la patrona Sta Cristina, las mujeres mas devotas, hacían limpieza general incluidas las imágenes, por las que  yo sentía una admiración profunda, y especialmente por la Dolorosa, cuyo nombre hacía justicia al dolor que expresaba su rostro, a mi me enviaron a varias casas con candelabros de cobre dorados para que los limpiaran con estropajos y cenizas, - como solía hacerse- nunca me hubiera imaginado  la sorpresa traumática, (principio del fin) de mi fe que ya empezaba a tambalearse con mis dudas mas que razonables. Cuando volví a la iglesia con los candelabros relucientes, me di de sopetón con el esqueleto de mi Dolorosa, un enrejado de palos atados con alambres semejantes a una jaula grande, que sostenían la cabeza y las manos, los únicos elementos de arte, ya que los pies no existían por innecesarios, ya que el largo vestido con que cubrían los palitroques llegaba hasta rozar el suelo.  Fue tal mi desagradable sorpresa, que los candelabros cayeron al suelo con gran estruendo, salí corriendo despavorido y desconcertado hasta el juncal, por encima de la charca y me senté en la hierba junto a una junquera, lloriqueando hasta que al cabo de dos largas horas, recupere la calma. Me fui para casa, y cuando mi madre me vio la cara desencajada y colorada como un tomate, me puso la mano en la frente y al comprobar que me ardía me calentó un baso de leche y me metió en la cama sin desnudar, para que sudara la “calentura”. Estuve en cama una hora mas o menos, pero circunspecto y hablando lo imprescindible, toda la semana, hasta que poco apoco me fui recuperando del trauma y liberando de mis inquietudes espirituales más profundas, e iniciando la transición hacia  la  herejía  - así eran tildados los no creyentes-  y  mi incipiente ateísmo.

                                                            La escuela  nacional.

Cuando tenia 5 años empecé la escuela “nacional”, así se llamó durante largos años, a la enseñanza primaria,  (caso único entonces) pues era obligatorio haber cumplido los 6,- fue  gracias al maestro “Lamparilla” que yo creía era el apellido de Manolo (Manuel Sánchez),  pues no me cabía  en la cabeza, que a un maestro de escuela   todos/as le nombraran por el mote, se trataba de un hombre de Don Benito, recién casado con una mujer del pueblo, parienta lejana de mi madre, Cecilia, la de la tía Candida, .  Su llegada a Cristina, como maestro, estuvo rodeada de rumores diversos, que a mi me indignaron desde el principio, los del bando ganador de la contienda, insinuaban, que no había acabado la carrera, y  además tenia un mal comportamiento con los niños en la escuela anterior, y empinaba el codo mas de la cuenta, en alusión a una supuesta afición a la bebida...   los del bando opuesto, decían que lo habían deportado a Cristina, como castigo, por que en clases explicaba las tropelías del nuevo régimen, sin miedo a las represalias severas que ello podía acarrearle, pero yo que no entendía nada de ninguna de las dos leyendas pensaba, que por el comportamiento que había tenido conmigo, admitiéndome un año antes de lo establecido, y con un trato tan cariñoso y atento, - igual con todos los de la clase- el maestro Manolo, no podía haber hecho nada malo. Cuando a poco mas de un año lo quitaron de nuestra escuela, lo sentí con gran amargura, y creo que lo mismo le ocurrió a todos los alumnos.

Manolo fue substituido por D Antonio, de origen castellano, creo, por lo bien que pronunciaba las “S”  las “R” y la “Z” inhabitual en esta tierra. D Antonio, además de su mujer tenia 5 hijos el mayor de los cuales asistía a la escuela y con el cual hice cierta amistad, por lo que me invitó en mas de una ocasión, a su casa y pude tratar al resto de su familia. También a D Antonio, como a Manolo, los que mandaban le hicieron el vacío mas absoluto, y las fabulaciones, aún peores si cabe, según estas: Era un jugador de cartas empedernido, y en el juego habría perdido algunas  fincas y se había arruinado completamente, y endeudado en cerca de medio millón de pesetas, en su ofuscación y desesperación, y amedrentado por las amenazas de muerte si no pagaba en un plazo corto, habría ofrecido a su mujer como trueque para enjuagar la deuda, sus contrincantes no aceptaron – no se iban a repartir la mujer- y le propinaron tal paliza que tubo que estar hospitalizado barios meses al borde de la muerte. No se si por aquella paliza, o por enfermedad congénita, el caso es que D Antonio era cojo y tenia una mano deformada, debido a lo  cual liaba los cigarros con una maquinilla, -por su cojera fue motejado, nada mas llegar al pueblo como “El Cojo Cañalla”. Sin embargo, por lo que yo pude conocer – a través de su hijo-  y  de su comportamiento con los chavales de la escuela, la fobia contra D Antonio, me parecía por las mismas causas, que las que tuvieron con Manolo,

A este maestro Don Antonio, se la tenían jurada,  y lo echaron de la escuela apenas año y medio después del comienzo. Necesitaban a un maestro fielmente identificado con el nacional–catolicismo imperante y omnipresente hasta extremos insospechados, hasta el punto que las monedas llevaban por una cara el aguilucho con el yugo y las flechas, y por la otra, la cara del dictador, con la inscripción: “Francisco Franco Caudillo de España por la Gracia de Dios” .Y encontraron al personaje adecuado en le momento adecuado, Don Félix, un tipo de Don Benito, larguirucho y desgarbado con un pescuezo largo y delgado y una enorme nuez, que a los pocos días de su llegada, le harían acreedor del mote “El Gaitero”, con mas vocación de cura integrista que docente, se pasaba mas tiempo despotricando “contra  los rojos herejes y las salvajadas que estos habían cometido contra los patriotas del Glorioso Movimiento Nacional que tuvieron la desgracia de caer en sus manos”, - era su  clase de historia- que de aritmética, geografía, geometría, etc... pero su gran debilidad era el catolicismo ultramontano, una y otra vez, un día y otro día nos leía y releía los “Santos Evangelios”  y se extasiaba comentando lo maravilloso de “Este mundo creado por Dios y sustentado en la fe católica de nuestra iglesia romana, que las hordas marxistas y herejes quisieron arrebatarnos”. Ya expliqué en un folleto sobre Cristina, firmado con seudónimo, que no contento con meternos catecismo y evangelios abrumadoramente, - de lo cual se quejaban los alumnos de ambos lados del arco de la contienda incivil -, que además obligaba a todos a ir a misa, y encargaba  a los mas adeptos, que pasaran lista, para someter a los castigos mas severos, a aquellos que se atrevieran a faltar, y en muchos casos, en las familias mas necesitadas, las faltas obedecían a que los muchachos salían al campo a ayudar en las tareas agrícolas, o a rebuscar lo que fuera, con lo que mitigar el hambre. Este era mi caso, que junto a las dudas religiosas ya señaladas y una cierta desazón por las diatribas del Gaitero contra los rojos herejes, empece a faltar a los Santos Oficios, lo que provoco mi huida de la escuela, para evitar futuros castigos,- de este no pude escaparme, y el encontronazo del Don Felix con mi tío Manolo, que como consecuencia del cuál nunca mas volví a clases. Tenia 10 años.

                                           Espigando en el camino Los Chopos.

 Ahora que no iba a la escuela, me dedicaba, -aleatoria mente- a poner las (Costillas) trampas de alambre acerada y madera, con las que cazábamos los  pájaros, que mis tíos Manolo y Juan me habían enseñado con destreza, a rebuscar y/o espigar después de las cosechas etc... Un día fui a espigar cebada a una finca de los Mendo, en el camino de los chopos, donde mi padre estaba trabajando, cargando al carro los haces de cebada con una horca, mientras José Sánchez (Joselito) los colocaba con la mayor sabiduría, configurando con los ellos una especie de pirámide sin vértice, como una autentica obra de arte, Joselito, según oí a muchos era de los mejores del pueblo en estas tareas. En el espacio de tiempo de llevar el carro a la era y volver, mi padre me ayudaba a coger espigas, con el consentimiento de Don Antonio Mendo, - secretario del Ayuntamiento- gracias al cual había salido de la cárcel, en libertad condicional, debido a su información favorable, (cosa que le había negado un familiar allegado, que permaneció en el pueblo los 3 años de guerra con los nacionales) D Antonio Mendo, había sido el primero en darle trabajo al salir de la cárcel.  Como habíamos llenado el saco de espigas, y Joselito aún tardaría, se puso a liar un cigarro, y tras aplastar con los pies el rastrojo,  ladear las pajas, y escarbar la tierra con la horca, y rociarla con agua del Barril, para eliminar todo peligro de incendio, se sentó sobre un haz de cebada y encendió el cigarro, yo me senté sobre otro, y empecé a relatarle las barbaridades de los rojos y herejes, de las que nos habían adoctrinado, desde la iglesia y la escuela, como desde los vencedores... Observe que mi padre se restregaba los ojos con el revés de la mano para secarse las lagrima, tiró la colilla sobre la tierra mojada, la aplasto con el talón derecho y poniéndome las manos sobre los hombros me dijo con voz temblorosa me dijo: “ ya tienes edad para que lo sepas, yo soy de los que (ellos) llaman rojos, por eso estuve en la cárcel, pero jamás he hecho ninguna de las barbaridades de las que hablan”...- no pudo continuar por la congoja que le envergaba – Creí que se me caía el mundo encima, mi padre, al que admiraba como ejemplo de honradez y fortaleza, era de los rojos insultados y ultrajado continuamente, ¡si mi padre era rojo, yo estaba dispuesto a aprender a serlo también!. Ese fue mi punto de arranque hacia el largo combate contra lo que fui descubriendo como el régimen fascista que había acabado con el gobierno republicano, con una guerra que costo mas de un millón de muertos.

                          &nbs

Esta noticia ha recibido 6838 visitas y ha sido enviada 2 veces       Enviar esta noticia



<-Volver

Artículos de opinión y colaboraciones:
Animamos a los alhaurinos a expresar sus opiniones en este periódico digital. Alhaurin.com no se responsabiliza del contenido o datos de dichas colaboraciones. Todo escrito debe traer necesariamente, incluso si quien escribe es un colectivo: Nombre, apellidos y un teléfono de contacto del autor. Envíe su artículo o carta a: redaccion@alhaurin.com
Alhaurin.com Periódico Independiente · Alhaurín de la Torre · Málaga. Dep. Legal: MA-1.023-2000. Andalucía Comunidad Cultural S.L. Servidor de Internet. Director: Alejandro Ortega. Delegado: Federico Ortega. 952 410 658 · 678 813 376
Webs que alojamos:
contador
visitas desde nov. 1998