Capítulo III. Siempre ha sido difícil hablar de Camarón de La Isla, y siempre lo será. No por el juicio, más o menos acertado que de su obra pueda hacerse sino porque, a poco que se le encuentre o atribuya el más mínimo defecto se chocará, indefectiblemente, con una legión de admiradores, (muchos de ellos pretendidos conocedores del flamenco), que negarán tales defectos. Hablar de Camarón ha de ser, para la mayoría de esos admiradores, hacerle ocupar el absoluto e hipotético trono del cante de todas las épocas. No se puede negar que fue una de las más emblemáticas figuras del cante de nuestro tiempo, un ídolo que, en el buen sentido de la palabra, fue el mayor agitador de masas que el flamenco ha conocido y que, probablemente, conocerá jamás, y que los miles de espectadores que abarrotaban los recintos donde actuaba lo demuestra plenamente. Lo que no quiere decir que todos esos espectadores fueran aficionados al flamenco, y mucho menos conocedores del mismo.
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Gitano desde sus más profundas raíces, Camarón había nacido y crecido dentro de una familia en la que todos sus miembros cantaban o bailaban, aunque ninguno de ellos tuviera título de artista en la amplia asignatura del flamenco. El cante fue su alimento desde el mismo seno de su madre, y lo siguió siendo entre las paredes de la casa paterna donde su padre, herrero de profesión y gran aficionado que cantaba más que bien, recibía en ella a cuantos artistas pasaban por San Fernando, y donde tenían lugar largas tertulias en las que sólo se hablaba de flamenco para terminar cantando hasta altas horas de la madrugada. Por allí pasaron muchos de los genios del cante admirados por él, y de los que fue aprendiendo todo lo que después, haciéndolo a su manera, crearía su propio estilo, que quedará como la escuela de Camarón. Reconociéndole todas sus muchas cualidades y su arte, incuestionable por verdadero, Camarón era, ante todo un fenómeno social y como tal arrastró a una buena parte de todas las capas sociales, que se hicieron incondicionales suyos. De pronto, y gracias a él, el flamenco alcanzaba unas dimensiones nunca antes conocidas. Eran muchos los que asistían a un espectáculo por él, a escucharle solamente a él, sin importarles el resto del cartel, casi siempre compuesto por primerísimas figuras. El fenómeno Camarón hacía estragos atrayendo a ciento de personas que jamás habían asistido a ninguna otra manifestación del cante flamenco y que, en mucho casos, nunca más lo harían. Como lo han sido siempre todos los genios, Camarón también fue cuestionado por todos aquellos que no podían (o no querían) admitir la introducción de ciertas innovaciones estilísticas que rompieran los moldes fundidos en los crisoles inamovibles de la tradición. Pero tuvieron que aceptar que lo que hacía Camarón, las innovaciones que se permitió hacer iban acuñadas con un sello especial, personalísimo y, sobre todo, con el buen gusto de un artista consumado, conocedor de lo que se podía cambiar en el cante sin llegar a dañar la esencia del mismo. Camarón fue un ídolo, sobre todo, para la juventud. Y dentro de esa juventud, para muchos que quisieron emprender la dura y espinosa carrera del flamenco y que trataron, con una disposición exagerada, de imitarle no sólo en su cante y en su voz (ambas cosas difíciles de imitar), sino que abrazaron un mimetismo que los llevaba a copiar su indumentaria, su corte de pelo, y hasta su forma de andar y comportarse en el escenario. Su temprana desaparición, las circunstancias que provocaron su muerte, junto al indudable genio creativo de éste irrepetible artista gitano que ya era mito antes de morir, hicieron que, traspasando las puertas de la fama, el nombre de Camarón de La Isla se grabara con imborrables letras de oro en las páginas doradas de la leyenda.
CAMARÓN DE LA ISLA ÍDOLO GITANO
¡Qué pérfida, qué horrenda y fría mano osó apagar la estrella de tu suerte! ¡Cómo marcó la estampa de la muerte en tu perfil de faraón gitano!
¡Con qué arteras mañas y qué temprano aniquiló tu cuerpo bello y fuerte! Quebrada tu garganta, quedó inerte la esencia de tu estilo soberano.
Cuando el cante, encendido con tu lumbre brillaba en lo más alto de su cumbre tu vida se quebraba en plena gloria.
Y al par que España entera te lloraba, tu nombre idolatrado traspasaba la puerta reservada de la Historia.
Paco Acosta Roldán
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