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Sexo Eterno

Cuentos y relatos globales. 26.10.08 

El cliente llegó a la hora acordada. Tenía treinta minutos, no más. Era suficiente.  Estaba un poco nervioso. Siempre lo estaba al acercarse a la puerta aunque ya lo conocían. Era uno de los habituales.  Aquel era un burdel muy especial. En sus manos sudorosas sostenía la tarjeta con el nombre que servía de salvoconducto para entrar allí. Dos hombres le esperaban en la entrada. Uno era el típico mafioso que podía romperle a uno las piernas si se excedía con la mercancía, es decir las chicas. El otro siempre estaba cabizbajo, se veía que él allí solo hacía la vista gorda. Entró en la sala principal con el mafioso. Aquél le enseñó las chicas y eligió una de ellas. Cuando se quedaron solos él se desnudó rápidamente para aprovechar el tiempo pero sin descuidar la forma de dejar la ropa, todo bien doblado y la chaqueta en el respaldo de la silla. Entonces se echó sobre ella para disfrutar de aquel cuerpo.

Ella permanecía inmóvil, ausente bajo el cliente. Aquel le masajeaba los pechos con una lujuria avariciosa. Había pagado su parte y quería disfrutar de cada céntimo de euro gastado como si hubiese un contador que midiese cuantos centímetros de su piel había lamido, cuantas veces la había penetrado antes de correrse y todo eso.  La cama era estrecha e incómoda. La habitación tenía las paredes blancas y no presentaba ningún tipo de decoración pero poco importaba. Ella era bella, muy bella. Sus caderas suavemente redondeadas, las nalgas duras, suculentas. Tenía ganas de morder aquella carne, aquellos muslos de atleta, aquellos pechos turgentes, los deliciosos pezones de aquella afrodita que yacía impasible bajo él.

Cogió su cara entre sus manos. Tenía los ojos verdes y el pelo rubio. Era hermosísima. Como una muñeca. Introdujo el pene en aquella aterciopelada boca. Era un placer indescriptible. Al cabo de unos cuantos movimientos compulsivos se corrió. Cuando se levantó de la cama se sentía culpable. Ella todavía yacía allí desnuda. Nada de todo aquello iba con ella. Ella estaba muy lejos, mucho. Más allá de aquellas paredes y de todo.

El cliente se levantó y se vistió. No era la primera vez que lo hacía. Solía sentirse sucio después, pero no había otra forma de acostarse con mujeres jóvenes y bonitas. Él no hubiera podido seducir a una chica como aquella. Lo más seguro es que de haberlo intentado se hubiesen reído de él. Alguien con sus años y su aspecto no podía soñar con apasionados romances. Y luego estaban su mujer y sus hijos. Tampoco hubiese podido arriesgarse a una aventura. Perderlo todo hubiese sido demasiado para el cliente.

Tenía suerte de que no hubiera espejos allí. De haberlos habría tenido que evitar verse. Le hubiese dado vergüenza.  Salió de allí cabizbajo. Sonrió al celador de aspecto mafioso, como mendigando un poco de complicidad y le entregó el dinero. 20 euros. Era poco y eso le permitía ir allí dos veces a la semana sin que el gasto se notara en la economía familiar. Después salió por la puerta y desapareció entre el flujo de peatones de la calle. Al momento entró un segundo celador por la puerta.
- Nos van a pillar, ya lo verás, dijo mientras se sentaba al lado de su compañero.

Juan Delgado. Juan_d@wp.pl

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