-Bien, gracias –contestó de una manera más autómata de lo que tú mismo habrías hecho, aunque luego añadió con sonrisa lacónica-. Ojalá pudiera preguntarte lo mismo.-Puedes hacerlo –respondiste con inofensiva frialdad.Miguel te miró fijamente con sus oscuros ojos y se hecho a reír. No podías como menos sorprenderte pero al menos te alegrabas por él. Se quitó el sombrero descubriendo su tupida y larga mata de pelo negro.-Ve y tráeme el cepillo para el pelo. Lo dejé en el baño. Acostumbrado a obedecerle fuiste al baño sin vacilar. Encima del lavabo viste que estaba su negro cepillo con algunos pelos enredados de la última vez que se cepilló. Acercándote al lavabo viste tu metálico reflejo en el espejo que tenías enfrente tuya. Tus mecánicos brazos recogieron el cepillo con parsimonia y volviste a la habitación del hombre para entregárselo. -Buen androide –te felicitó Miguel. -¿Alguna cosa más quiere? –le preguntaste programadamente. -No, gracias. Al cabo de un rato él estaba cenando algo que tú mismo cocinaste gracias a las recetas que tenías programadas en tu base de datos. Para escogerlo, tus cálculos se basaron en el menú mensual al que ya te habían programado, en la cantidad de provisiones que había en aquel polvoriento piso, en la temperatura ambiental así como en el estado anímico de Miguel entre otros factores y parámetros de elección. Como siempre, desde que te lo pidió Miguel, mientras él comía, tú te sentabas al otro lado de la elíptica mesa, observándole con impavidez hasta que él mismo te ordenaba retirar la mesa. En tu ordinaria existencia hacías cuanto tu dueño Miguel, como al programador que en algunas ocasiones le acompañaba, te ordenaban. No obstante no todos los parámetros te controlaban ellos. Poseías un avanzado programa lógico y disponías también de un gran banco de memoria con la que te permitía tras innumerables charlas con Miguel conocer sus recuerdos, sus emociones, sus costumbres, sus reacciones, su psique en general con la que te permitía conocer sus próximas reacciones antes de que él lo hiciera. En algún momento de tu existencia fuiste programado para conocer e imitar a tu dueño. Muchos antiguos archivos habían sido borrados como memorias de una vida pasada y tu nuevo objetivo hizo que emplearas tú inteligencia artificial para la búsqueda de la humanidad. Finalmente a través de Miguel la fuiste descubriendo. Sin darte cuenta creaste tú propia red neuronal, obviamente inspirado en el sistema neurológico de Miguel. Pero hubo un tiempo en el que tus razonamientos no eran tan curtidos como ahora. Para ti la experiencia y la madurez era el fruto del extraño programador del tiempo. En principio tu artificial juicio era muy elemental, tan primitivo que en ocasiones te asemejabas a las bestias. Afortunadamente tu dueño Miguel podía controlarte a través de su mando a distancia. Pero a pesar de ello tu conducta era comprensible debido a tu trastorno de naturaleza mecánica. Experimentaban contigo para que te sintieras humano pero necesitabas tiempo para madurar. Nunca entenderías lo que es sentirse hambriento o los placeres sexuales pero pudiste desarrollar al igual que los demás seres vivos la necesidad de relacionarte y comunicarte. Querías compartir con los demás cuanto aprendías, cuanto te ocurriera. Sentiste la atracción y la necesidad de amar y ser amado. Los gustos, al igual que tu juicio fue algo con el que lo fuiste desarrollando de manera gradual a través de la información que continuamente recibías del exterior y de la programación electroquímica en los distintos módulos de tu red neuronal. Así, había emociones que entendías a pesar de ser máquina, pero otros no, que te hacía tan incomprensible como hacer entender los diferentes colores a un ciego de toda la vida. O tal vez fuera más acertado decir que eras emocionalmente daltónico. Así pues, tus carencias y faltas como ser mecánico eran reemplazadas con programas con los que te hacía fingir ser más humano. Eso hacía que una parte de tus facultades fueran aprendidas o educadas y otras programadas. Te convertiste en un híbrido, en media alma humana, un ser autómata que en ocasiones tenías el lujo de poder soñar. Siempre recibiste la atención de Miguel, evaluando tus progresos bajo su triste mirada. Heredaste de él su gusto por la naturaleza y su pasión por el arte. Por las noches, cuando él terminaba con la cena bajaba unos anchos escalones del salón que conducía a una galería donde pintaba sus cuadros. Quedabas observando y aprendiendo de sus cuadros. De alguna manera, entendiste que a través de las pinturas de Miguel podías acercarte a él y a su sensibilidad. A él le gustaba pintar con un sombrero de copa puesto en la cabeza. Decía que así se inspiraba mejor, aquello y la extraña enfermedad que lentamente le vencía. Ya te había hablado de su enfermedad y del poco tiempo de vida que le quedaba. En su menguante existencia se aferraba en la esperanza de poder realizar sus mayores obras, dejar una huella tan profunda en la cultura y en el mundo con el que nunca fuera olvidado y así reencarnarse en gloria eterna. Sabiendo que su muerte estaba cerca, no era tu primera experiencia con ella. Cuando eras joven salías a menudo de casa a explorar tu entorno. Al igual que a Miguel te encantaba los animales y una tarde saliste a jugar con los perros que rondaba por las calles del barrio en el que vivías. Hasta aquel entonces nunca habías salido a pie de casa y observando aquellos perros empezaste a imitarles, ladrando con voz quebrada, aullando y caminando como un cuadrúpedo. Aquella nueva experiencia hizo darte cuenta de que el mundo era más impredecible de lo que te creías. Conociste el dolor de la muerte cuando mataste a un cachorro de perro llamado Trax con tus propias manos. Estabais en el campo de las afueras de la ciudad y a pesar del cariño que habías empezado a sentir por aquel perro no impidió a tus torpes manazas matarlo. Le preguntaste a Miguel como arreglar a Trax pero él en respuesta te contestó de que no existía arreglo para ello. Trató de consolarte pero al ser la primera vez que sentías vergüenza tu corazón se inundó de pánico y te perdiste en el bosque. Estuviste muchas horas internado en el bosque experimentando la sensación más agria hasta el momento. Hubieras preferido pagarlo con tu cuerpo antes de seguir sintiendo aquel dolor que drenaba en tu mente. Finalmente te encontró Miguel y te llevó de vuelta a casa. Entonces fue cuando decidiste afinar tu tacto instalando una red de sensores conectado a tu artificial cerebro. Ya habías estado estudiando sobre ello anteriormente pero en aquel momento sentías la necesidad de poseerlo. Obsesionado con ello trabajaste día y noche con tal de poder conseguirlo. Tu red neuronal fue extendiéndose al resto de cuerpo y recubriéndose de una fina membrana sintética como piel. Fue el mayor logro físico que conseguiste, la mayor satisfacción, porque te cubrió de esperanza por llegar a ser más humano. Podías sentir el frío y el calor, las texturas de los cuerpos como el resto de los mortales, incluso con mayor exactitud. Podías con mayor facilidad desarrollar impresiones de cuanto te rodeaba y junto tu personalidad tu corazón se fue inundando de calor humano. Ahora la muerte volvía a acercarse a tu vida, pero esta vez para llevarse a Miguel, que tras años de lucha, al fin se rendía. Al menos en esta ocasión no sentías culpabilidad como con Trax, pero aún así tu mente permanecía inquieta. Con la esperanza de encontrarle una cura empezaste a estudiar medicina. Confiabas que a través de tu gran capacidad de aprendizaje pudieras encontrar un remedio ante la extraña enfermedad de tu dueño, pero la verdad era que la enfermedad era tan extraña que no se le había encontrado una cura aunque te hubieses igualado al mejor médico. No existía conocimiento humano que luchara ante aquello. Aquella impotencia que sentías no te permitía más que ofrecerle a Miguel tus cuidados. Supusiste entonces que aquello era humanidad, la ironía de un ser mecánico que quería proteger a los que consideraba sus iguales, por encima de cualquier cosa. Hubieras preferido haberlo conocido en mejores circunstancia, pero ahora que lo conocías, a pesar del dolor que te causaba no querías cambiarlo, sino seguir cargando con ello. Pero en aquella ocasión tras la cena, Miguel sufrió una nueva crisis. Se desplomó tras tambalearse y respirar de manera agitada y superficial. Rápidamente le tumbaste en su ancha cama y tras darle sus medicinas llamaste al médico. Éste llegó tras un buen rato, culpando el retraso al tráfico y a la lluvia. Para entonces Miguel ya estaba más calmado, pero su parálisis se había extendido a gran parte de su cuerpo. Tras examinarlo el médico te indicó de que su parálisis era irreversible y de que seguiría extendiéndose. Había entrado en estado terminal. Una vez que hubo marchado el doctor Miguel te llamó desde su habitación. Te apresuraste a llegar hasta él. Podías ver su carne biliosa bañado en sudores fríos, deslucidos pero con la suficiente fuerza para hablar contigo. -Mi obra... quiero que me la termines. Termina por mí mi último cuadro –te pidió moribundo. Podías haberte negado aceptarlo, pero sabías que hacerlo tan solo te haría parecer descortés y ofensivo, porque así mismo te hubieras sentido tú en su misma situación. -No te preocupes. Así lo haré y todos reconocerán tu obra –dijiste acariciándole su cara con tus largos, fríos y duros dedos. -Buen androide. Sé que tienes alma detrás de todos estos bits. Ningún otro hombre se merece hacerlo más que tú. No volvió a hablar. Dos días más tarde murió y al menos te consuela saber que fue mientras dormía. Permaneciste a su lado sin salir de casa y procurando que sus últimos días fueran al menos lo menos doloroso posible. Cuando al fin falleció avisaste a sus familiares para que asistieran al velatorio. Te sorprendiste de que Miguel a pesar de que era un hombre bastante solitario, tuviera tanta familia y amigos. Hubo mayor asistencia de lo que te esperabas. Sin embargo no hubo nadie que se acercó a ti a darte el pésame, porque a sus ojos sólo seguías siendo una máquina, salvo para Andrés, el hermano de Miguel, que se te acercó a dártelo. Te habló como a un hermano y tú te sentiste fácilmente identificado con él, porque la partida de Miguel te suponía un dolor como la pérdida de un padre y de un hermano. Miguel era tu padre porque fue quien te dio vida y también era tu hermano porque ambos compartíais el mismo juicio. Una vez hubo celebrado el funeral volviste sólo a casa para cumplir la promesa que le hiciste a Miguel. Te sentaste en la galería y tras ponerte el sombrero de copa que se ponía Miguel cuando pintaba, empezaste a pintar lo que le quedaba de su último cuadro. Cuando terminaste de pintarlo le copiaste su firma en el cuadro y le pusiste la fecha de su última crisis. No volviste a ver a la familia de Miguel hasta la lectura del testamento. Todos se sorprendieron al ver que asistías a ella, pero aún más cuando se enteraron de que eras el principal heredero de Miguel. Aquello provocó mucho revuelo, donde empezaron a tratar al fallecido como el loco de Miguel. Nadie aceptaba su decisión excepto su hermano Andrés, quien explicó lo que tú realmente eras. A pesar de ello, familiares y amigos se mantuvieron reacio en aceptar que las cosas fueran así pero también se sentían impotente por no poder hacer nada. Les parecía deshonroso, pero el notario leyó que la decisión lo había tomado con el fin de que pudieras retomar tu vida por donde él lo dejó. Aquello te parecía bien, porque a excepción de Andrés no sentías ningún afecto por la familia, quienes le habían dejado a tu dueño solo mientras estaba enfermo. Durante los siguientes meses fuiste pintando nuevos cuadros, con un estilo muy parecido al de Miguel, con lo que pensabas que seguramente estaría muy complacido con ver tu trabajo. Poco después, para tu sorpresa, descubriste que sus obras como las tuyas eran las más loadas en galerías y exposiciones públicas. Las tasaciones por las pinturas de Miguel fueron multiplicándose al igual que las tuyas porque veían el reflejo de la mano de Miguel en tus cuadros. Veían como tus primeros trabajos mantenía su estilo hasta que ibas incorporando tus propios matices. Aquello supuso una revolución dentro del mundo artístico porque tu trabajo más que valorado por su calidad lo fue por su creatividad, capaz de aportar lo que Miguel en vida no le dio tiempo hacer. Así, en diferentes círculos fuiste considerado la mayor obra de arte de Miguel y no sus cuadros, porque eras una obra viviente que seguía sus pasos después de su muerte, una obra de arte con la independiente capacidad de evolucionar sola. Así tu popularidad siguió en ascenso y te encontrabas cómodo porque sentías que ya nada te faltaba. Al igual que tu antiguo propietario eras un ser sensible pero solitario, aunque aquello no te preocupaba. Seguías recibiendo visitas de Andrés y lo recibías como a un hermano tuyo. En una de sus visitas le regalaste un cuadro que hiciste para él, en la que él aparecía junto a su hermano Miguel, que estaba encerrado en un enorme reloj de cuco. -Así me siento yo –le dijiste a Andrés cuando se lo mostraste. -Me lo imagino –te contestó sin apartar la mirada de los detalles de aquel cuadro. Un buen día, semanas después de regalarle aquel cuadro a Andrés saliste de la ciudad como antes solías hacer con Miguel. Junto a ti te acompañaba un pequeño y juguetón androide cuadrúpedo parecido a un cachorrillo de perro, que tú mismo creaste y al que le llamaste Trax. Correteaba y brincaba alrededor tuya lleno de vitalidad. Cuando te cansaste de jugar con él, te recostaste sobre la fina hierba observando el claro cielo acompañada de pequeñas nubes, unas poco más clara que otras. -Espero poder ir al Cielo –dijiste pensando en Miguel.
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