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Más de 60 jóvenes se reinsertan en la Comunidad Terapeútica de Algarrobo
    Proyecto Hombre: En busca del alma perdida
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Juan Carlos Sanz de Ayala. 13.05.08 

Sólo con ver la exactitud de los pliegues de las camas y la colocación minuciosa de los palos de las fregonas en la pared, nos podemos hacer una idea de la dureza y la exigencia que siguen las normas que rigen el comportamiento de los comuneros en la Comunidad Terapeútica que visitamos. Sesenta chicos y chicas de diversos paises siguen allí con la lucha que comenzaron hace meses con un objetivo claro: salir de la espiral en que estaban inmersos a causa de la adicción a las drogas y que les había convertido en guiñapos humanos, incluso en delincuentes condenados. Hay que estar muy convencido y tener un par de narices para aguantar la disciplina, tan férrea como necesaria, impuesta tras esos muros de piedra. Muchos no aguantan y se van. Las puertas están abiertas. Pero quien se queda, tiene al final del tunel y del ímprobo esfuerzo una luz brillante que alcanzar: la libertad personal, la recuperación del yo roto pero recompuesto. En suma, el alma perdida y arrancada a mordiscos de la papelina, de la raya ó del pico.

Detrás de cada joven y menos joven que nos encontramos allí había una historia dura y difícil. Consumo de sustancias estupefacientes, familias rotas y desarraigadas en la mayoria de los casos, historiales delictivos abultados, algunos de ellos cumpliendo condena sustitutoria por delitos sentenciados... en principio lo que podríamos denominar "lo mejorcito" de la sociedad. Uno lleva su propia idea de lo que se va a encontrar allí. Pero cuando llega se le caen los palos del sombrajo.
     La comunidad de Algarrobo está ubicada en un edificio de piedra propiedad del Obispado de Málaga que lo cedió a Proyecto Hombre para sus fines terapeúticos. Apenas a medio kilómetros del mar, lo primero que le llama la atención al visitante es que no existen rejas ni alambradas y sus puertas están abiertas: cualquierea que quiera irse, se va y ya está. A nadie se le impone su estancia allí. Los sesenta chavales y chavalas comuneros tienen una media de ventitantos años y ya han pasado por una primera fase externa llamada de Acogida, en la que durante varios meses han sido ayudados, junto con sus familias y de una manera ambulatoria a salir de la droga y autoconvencerse de encontrar la nueva vida en las siguientes fases del programa.
      En Algarrobo hay dos zonas de dormitorios diferenciadas: los chicos, y las chicas, aunque las zonas comunes son mixtas. Un comunero nunca puede estar sólo. Como mínimo debe estar con el "hermano mayor" que se le asigna al entrar e irá pasando por diversas fases hasta llegar a "abuelo", casi como en la mili. A cada comunero se le adscribe a un grupo de tareas. La cocina, la lavandería, mantenimiento... y todos deben ayudar en las tareas comunes de la limpieza, perfectamente estipuladas en un perfecto y claro organigrama.

                     Limpieza, orden y trabajo
 
Oscar, un chaval de 24 años asignado a lavandería y que lleva allí 12 meses, nos fué enseñando las instalaciones y su funcionamiento. Por respeto a ellos y a fin de evitar amarillismos facilones, evitamos preguntar sobre los avarates de sus vidas. A muchos se les notaba en el rostro con sólo escudriñárselo un poco. También por respeto hacíamos las fotos intentando no sacarles la cara. Pero muchos se reían de eso y posaban como modelos sin avergonzarse de su pasado, orgulloso que estaban... de su presente. Una gozada de chavales.
    Oscar nos enseñó las habitaciones. El orden y la pulcritud rayaban el demasiado. "Todo debe estar no sólo en orden. Las rayas de la ropa de cama deben estar todas simétricas. Las toallas colocadas exactamente igual siempre. Los armarios perfectos. los zapatos, los calcetines... Son las normas". La verdad es que impresionaba. Yo creo que en nuestras casas no llevamos el orden hasta tal paroxismo. Y los baños y las duchas... "Están así siempre. Impecables. Limpios e impolutos. Quien usa, debe limpiar inmediatamente. Y además servicio de limpieza cada varias horas. Son las normas". ¡Vaya con las normas!. Todo estaba preparado para pasar revista...
    Fuimos a la cocina, parte importante de la comunidad. Todos los cocineros son comuneros. La cocina también está reluciente e impoluta. Aparte de nueva: "nos la han regalado el año pasado una señora que tiene una cadena de hoteles. Ahora da gusto cocinar -nos explica un comunero- mira que olla exprés y qué fogones". Hacer casi un centenar de desayunos, el almuerzo, la comida, la merienda y la cena y contar con los turnos inermedios además, requiere no sólo buenos elementos materiales, sino una organización perfecta. ö exponerse al caos.

               Sobra arroz, falta aceite y leche

Por ello la intendencia tiene en los almacenes de comida, en la despensa, uno de sus puntos más delicados: María ( la llamaremos así) nos lo enseña orgullosa: "Tenemos todo ordenado por productos. Y dentro de cada producto por fechas de caducidad. Son productos que nos llegan de los bancos de alimentos y de donaciones particulares, por lo que sus cantidades no son homogéneas ni concuerdan con lo que consumimos. Fíjate el mogollón de arroz que tenemos, pero sólo nos quedan veinte litros de aceite y diez litros de leche. ¡Y no hay más!. Pero enfín, nos apañaremos con lo que tenemos". Y era cierto: ellí estaban los últimos brik de leche que les quedaban. Hasta que consiguieran más. Me mordí las uñas pensando en todo lo que tiramos y en lo poco que valoramos lo que tenemos... pero no nos pongamos tontitos y sigamos con la visita guiada por Oscar.
      Fuimos a la zona de la lavandería: "Cada comunero tiene su ropa marcada con un número. Y se lava, se tiende y se plancha por los propios comuneros. Eso sí, la ropa íntima se la lava cada cual. Los tendederos están en las terrazas superiores, con mucho sol y viento. Se seca todo muy rápido. Este es mi trabajo ahora". A Oscar se le notaba muy orgulloso de lo que hacía. Quizás hacía mucho tiempo que no se había sentido orgulloso de nada en su vida. Ahora tenía un cometido. Importante para él: su trabajo en la lavandería era un eslabón en la cadena de la comunidad, un sustento de su autoestima personal y una parte importante de su terapia. "Tener una responsabilidad, por pequeña que sea, y llevarla adelante con orgullo", nos dice Oscar con la mirada brillante y la cabeza bien alta.
  Y si algo me llamó la atención fué un pequeño cuarto donde decenas de escobas y fregonas se alineaban en perfecto orden colgadas de la pared. Era el ejemplo visual más claro de la estricta disciplina que allí se imponía a los comuneros. "Todos tenemos un cuadernillo y debemos apuntar en él si nos llebamos una escoba ó un litro de lejía. Y el recuento de cuadernillos debe coincidir después con el estadillo de las escobas que hay y la cantidad de productos del almacén de limpieza". Está todo controlado al milímetro, pero de una manera exagerada. Muy exagerada. Provocativamente exagerada. Y ya sabes, ó lo tomas... ó te largas por donde has venido, que hay mucha gente esperando...

                          Terapia de grupo y "parada de cajón"

Ya estábamos acabando el recorrido y nos estaban enseñando la nueva instalación eléctrica ( una puñalada trapera de treinta millones de pesetas ) cuando vimos a todos los comuneros en el salón principal-comedor colocados en círculo alrededor de uno de los tutores. Le preguntamos a Oscar lo que ocurre: " Terapia de grupo. Cuando alguien ve a otro hacer algo mal, debe comunicárselo delante de los demás. Lo que ahí afuera de estos murpos sería chivatearse, aquí es buscar la perfección. Otras veces es el tutor, el psicólogo el que nos da las directrices. Aquí no nos guardamos nada dentro. lo soltamos todo fuera para no cargarnos y explotar...". Buena terapia que nos vendría muy bien a los que estamos fuera de vez en cuando. Una especie de confesión de los pecados, pero en grupo...
    Si algo les marca en esta estancia en la comuna, que recodarán toda la vida cuando salgan de allí según ellos mismos, es lo que llaman la "parada de cajón". Hay una mesita en el hall que no despierta la atención del neófito. Sobre ella, bolígrafos y papel. Cuando un comunero tiene un roce con alguien, comete un fallo, hace algo mál ó tiene un bajón, va directo a la mesa, toma boli y papel y apunta  el fallo, el roce, descarga allí sis impresiones, sus emociones, su ira, su rabia. Todo lo que le pasa por la cabeza. Como una confesión íntima escrita. Y cuando ha plasmado toda su ira en el papel, calmado y tranquilo ya, llama a la otra persona con la que se rozó y sentados en la mesa los dos revisan sus escritos, intercambiándose sus impresiones, odios, iras... Y allí se zanja la cuestión. Dicen que sales renovado y con la conciencia tranquila. Todo un experimento psicológico que deberíamos exportar a nuestras propias vidas. Nos iría mucho mejor si los hiciéramos...
     En el hall, junto a la mesa de la "parada de cajón" hay un corcho con los nombres de cada uno de los comuneros. Y colgado de ellos, una plaquita con un dibujo: una casita, un hombre con una escoba... cada uno debe plasmar allí lo que está haciendo y dónde lo hace en cada momento, cambiando de plaquita cada vez que va a hacer algo. Todo está así controlado y a la vista de todos... y allí no se admiten fallos ni olvidos.
    Dejamos a Oscar. Su rasgos reflejan todavía el calvario pasado fuera, marcado surco a surco en su cara. Pero sus ojos no tienen rabia ni reflejan oduio ó desconfianza. Sus ojos reflejan una felicidad contagiosa que le encoge a uno el corazón.
    Antes de irnos, entrevistamos a Juan José Soriano, director-presidente de Proyecto Hombre en Málaga. Antiguo fraile, lleva con mano de hierro la gestión  de los centros y los efectivos materiales y humanos. Una entrevista que publicaremos extensamente en los próximos días. Merece la pena conocer al hombre y su obra. Una obra bendita en la intervienen muchísimos cooperantes. Una obra bendita por la que miles de jóvenes en toda España y en Málaga en particular le toman el pulso a la vida.. y muchos se lo ganan.
   Una obra bendita en la que les ayudan a encontar de nuevo su alma desahuciada. Los ojos de Oscar, María y todos los que allí vimos nos indicaron que iban en buen camino. Estaban vivos. Sanos. Cerca de la luz final.

Juan Carlos Sanz de Ayala  nomecallo@yahoo.es

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