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Tu diario. Libertad de expresion

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Una mujer moderna
Cuentos y relatos globales. 23.01.16 
Erase una vez una chica llamada Stella. De profesión ingeniera, era de las pocas jóvenes privilegiadas que había conseguido independizarse antes de los treinta. Vivía en un apartamento corriente, situado en un barrio normal, de esos que no son tan glamurosos como los de Beverly Hills, pero menos vulgar que el South Bronx. De lunes a viernes, Stella trabajaba en la oficina de una constructora. No era el trabajo de sus sueños, pero el sueldo le daba para cubrir los gastos e, incluso, podía concederse algún que otro capricho. A pesar de tener una vida en apariencia plena, Stella no era feliz. Con el propósito de mejorar su figura, acudía cada tarde a un duro entrenamiento en el gimnasio. Su hipermusculado entrenador personal, la sometía durante dos horas a un ejercicio insólito; lo último en el mundo fitness. Consistía en colgarse de un arnés y levantar pesas a la vez. Los buenos resultados estaban garantizados, sin embargo, Stella seguía viendo la misma flacidez en sus muslos que antes de alistarse a semejante milicia fit. Luego estaba la dieta del momento: la del licuado. Un buen seguidor de este régimen se nutría principalmente a base de extraños brebajes, sin importar cuales fueran sus propiedades organolépticas. Los ingredientes se compraban en herbolarios especializados en plantas que eran tan exóticas como transgénicas. Stella ya ni se acordaba de la última vez que había entrado en un supermercado corriente y moliente.
Es importante destacar, que la protagonista de esta historia tenía un trabajo adicional los 365 días del año y a jornada completa: captar followers. Ello, conllevaba hacer fotos y vídeos de todas las cosas que hacía cada día, para subirlos a las redes sociales más trendy del momento, no sin antes aplicar un buen filtro (primo-hermano del photoshop) con tal de ofrecer una versión más cool de la realidad. Imagínense la estampa: Stella colgada de un arnés, levantando una pesa con una mano y con la otra haciéndose un selfie intentando disimular su sufrimiento. O Stella posando junto a uno de los licuados que se preparaba con una sonrisa de oreja a oreja, procurando que las náuseas pasaran desapercibidas ante la cámara. Rozaba ya el medio millón de seguidores, lo cual, era un número muy elevado para una no-celebridad. En una ocasión, se olvidó el cargador del móvil en casa y estuvo prácticamente un día sin conectarse a internet. Por la noche, ya revivido el dispositivo, se sorprendió a sí misma leyendo más de 3.000 mensajes de sus contactos virtuales, que parecían realmente preocupados. Algunos hasta le preguntaban si había cogido un cohete para abandonar la Tierra de tan ilocalizable que estaba. Aquella presión virtual obligaba a la pobre Stella a mantenerse siempre disponible y activa en las redes, también en vacaciones.
Decidida a poner remedio a su infelicidad, Stella contactó con un coach personal y se apuntó a clases de yoga los sábados. Aún así, ni las teorías sobre mente positiva, ni los retorcimientos corporales en una esterilla, bastaron para reducir el vacío que sentía. Cómo todo en esta vida, la solución al problema de Stella llegó por casualidad. Fue gracias a un sueño, un sueño que le hizo rememorar los momentos más felices y bonitos de su infancia. Al despertar la mañana siguiente, se notaba ligeramente distinta. Movida por una energía que llevaba mucho tiempo sin sentir, buscó un papel y un lapicero y se dispuso a redactar a mano un trato consigo misma.
Trato con Stella:
Voy a dejar de ponerme cualquier límite o restricción que, lejos de aportarme bienestar físico y mental, me condene a la amargura. Quiero comer sin sentirme culpable por cada bocado que doy. Abandonar los estúpidos licuados y aceptar, me gusten o no, los cambios que a mi cuerpo sobrevengan, siempre que no sean consecuencia de deterioro en la salud. Desde hoy, querré todas y cada una de mis imperfecciones y no malgastaré más tiempo comparándome con los cánones que se imponen como ideales, y que tanto distan de las personas reales. No volveré a machacarme en un gimnasio solo para paliar las insatisfacciones que con mi aspecto siento. Me liberaré de las normas implícitas de la sociedad virtual, dejaré los miedos a un lado y me mostraré tal y como soy. Porque no habrá etiqueta (skinny, slim, curvy, etcétera) que mejor me defina que mi nombre, Stella.
Una vez hubo firmado el trato, se vistió con lo primero que encontró en el armario, anuló su clase de yoga y salió a la calle a recibir la luz del sol. Intencionadamente olvidó el móvil en casa, pues no quería que nada perturbara su renovada libertad, esas ganas de disfrutar su auténtica identidad.

Dedicado a las personas que han sufrido injustamente por su apariencia física.
Diana Fe Balint Rivas
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