Ella ayuda a su madre en las tareas propias de la casa, como barrer, fregar, ir por agua a la fuente, preparar el ganado o llevar la canastilla a su padre al tajo, ya que era jornalero del campo. Curro, en cambio, ayuda a la casa en diversas tareas como guardar el ganado y en ocasiones acompaña a su padre en su trabajo de leñador, por desgracia ninguno de los dos asisten a los incipientes colegios del pueblo y quedan sin escolarizar. En esta situación pasan los años y ya jóvenes, la amistad pasa a convertirse en un amor, sin límites, verdadero, puro, surgido principalmente del vivir diario. Y como era costumbre en el pueblo, Curro decide solicitar el oportuno permiso de los padres de ella para formalizar la relación de novios. La aprobación es inmediata, quedando ambas familias contentas y satisfechas.
Pasan unos años en los cuales el noviazgo se consolida y el amor no decae y deciden casarse. Curro, convertido en un hombre hecho y derecho; María Luisa en una mujer casadera de extraordinaria belleza. Durante este tiempo de felicidad disfrutan en lo posible de las fiestas del pueblo: San Sebastián, patrón del mismo, La Candelaria, feria de San Juan y Semana Santa, fiesta en la que sobresalía la devoción que ambos le profesaban a Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores (conocido por los Moraos). Tras unos meses de intensa preparación, se celebró la boda con gran boato: Muchos invitados, comida, baile, ropa nueva… y alquilan una casa en la antigua calle El Chorrillo, meten unos muebles para poder vivir, y reciben del padre de Curro como regalo un burro. A partir de aquí forman un matrimonio bien avenido.
Capítulo II: De la boda a la muerte
Pronto iba a llegar la descendencia. En pocos años son dos los hijos del matrimonio. Esta circunstancia hace que Curro tenga que multiplicarse en su trabajo de leñador, pues era época de hambre, angustia, enfermedades y miserias y él no deseaba eso para su familia. Curro salía al amanecer con el burro a la sierra a recoger leña en lugares tan maravillosos de nuestro pueblo como: Jabalcuza, Llanos de los Pajaritos, coto Alarcón, El Puntal, Sierra de Montanchez, Loma Larga, Sierra Llana, Finca Peralta, Jarapalos, La Barcaza, Lomas del Castillejo, Sierras del Almendral, La Mezquita, Cortijo El Francés, Llanos De la Plata, Cañada Honda, Cañada Matías, entre otros. Y arroyos como los del Arroyo del Blanquillo, Arroyo el Pinar, Arroyo la Breña, Arroyo Hondo, Arroyo Minas Madroñas, Arroyo el Inglés, Arroyo Las Huertas, y otros.
Trabajaba de sol a sol y procuraba dar dos viajes diarios. No tenía apenas días de descanso, ni festivos, ni los días de lluvias interrumpían la faena diaria, así que en numerosas ocasiones tenía que hacer noche por causas meteorológicas junto al animal, bien en cortijos, en minas abandonadas o en cuevas como la Cueva Terriza, Cueva del Ermitaño, Cuevas de Arroyo Hondo. Como buen conocedor de la sierra y obligado por la obligación de subsistir, junto a su animal y aunque siempre llevaba una cantimplora con agua, conocía todos los nacimientos del entorno: La Fuente Grande, Fuensaguinea, Fuenseca, Mina el Catalán, Mina Arroyo del Gato, Fuente del Tejar, Fuente Viña el Mue, Fuente la Piedra, Fuente de Jarapalos, Fuente de Arroyo Hondo, Pozo Arroyo Las Huertas, Fuente del Escardillo, nacimiento de D. Pedro Rico, Fuente Lentisco, Fuente de la Cibuchá, Fuente el Muñeco, Fuente Arroyo Negro, nacimiento Bienquerido.
Margaritas, lirios moraos, arrayanes en flor… y según la época, aprovechaba y llevaba a su domicilio, ramos de lirios que adornaban la vivienda, manzanilla, y todo aquello que la sierra producía. Asímismo recogía esparto y palmas, que después de ponerlos en su punto, preparaba escobas para barrer y zapatos para los hijos.
El 12 de febrero de 1937 las fuerzas nacionales entran en Alhaurín de la Torre, y al día siguiente en una tarde desapacible y gris, como de costumbre, esta vez se acercó al Surco del Diablo, límite con Benalmádena para recoger la última carga del día. Estando en la tarea sintió los gemidos de una persona. Se acercó a unas palmas y observó como en el suelo se hallaba herido un hombre, aunque no grave, de unos treinta años de edad, deshidratado y en muy malas condiciones. Curro, hombre de buen corazón, de sentimientos profundos, religioso, no lo dudó un momento: pensó que si lo dejaba abandonado en la sierra podía morir, por lo que cargó al herido en el borrico, segó dos haces de leña y se lo llevó a su domicilio. Sabía que quizás se tratara de un fugitivo y que era peligroso lo que iba a hacer. Llegó al anochecer sin hacer ruido, llamó a la puerta y se lo dijo a su esposa, ésta al verlo palideció. Pero como mujer de su casa, sumisa y bondadosa no dijo nada, lo puso a la lumbre, le preparó comida caliente, le prestó cura y mantas y la mejoría se vio de venir. Pasó la noche en el domicilio y por la mañana a las primeras luces del alba le dieron comida y desapareció. Pero el hecho no pasó desapercibido en el pueblo y se corrió la voz como un reguero de pólvora. Pronto, Curro fue detenido e ingresado en la prisión provincial de Málaga. El hecho coincidió con el embarazo que ya soportaba María Luisa. Duro, muy duro y difícil de soportar para esta mujer. Sólo su entereza, valentía y sus hijos le hicieron llevar tan penosa carga.
El padre de Curro, hombre ya mayor, visitaba a su hijo diariamente en la prisión provincial, hasta que una mañana del mes de abril del 1937, como hacía casi a diario se se subió al tren y se personó en la prisión para visitarlo. Nada más llegar, viendo en el comportamiento de los funcionarios sospechó algo y a duras penas pudo sacarles que a su hijo se lo habían llevado de madrugada, para al parecer hacerle un juicio sumarísimo. Hombre de recursos, acostumbrado a los avatares y desdichas de la vida, se personó en el cementerio San Rafael. Era temprano y en el cementerio había mucha actividad de personas que entraban y salían, con lágrimas en los ojos. Temiendo lo peor se dirigió a uno de los empleados del mismo y preguntándole por su hijo, éste le indicó que en la madrugada había habido fusilamientos y le acompañó a una fosa común. Lo que observó le nubló la vista, le hizo vomitar, y su corazón latía de una manera desmesurada como queriendo salirse de su caja. Sólo su firmeza le llevó a ver muchos cuerpos sin vida, hacinados, calientes algunos. Solicitó permiso para buscar a su hijo y tuvo cierta suerte ya que lo encontró en primera fila: el mundo se le vino encima, las lágrimas cubrieron su rostro, la frustración, la ansiedad y la desesperación no pudieron con la entereza de este hombre curtido en mil batallas. Sin tiempo que perder solicitó el rescate del cuerpo y tras unos pequeños trámites le dio sepultura en la tierra del camposanto. Allá quedaron los cuerpos de sus compañeros que fueron enterrados en la misma fosa donde perdieron la vida.
Mientras tanto en el pueblo, sus familiares, ante tanta tardanza estaban alerta. Sabían que algo había ocurrido y a ello contribuyó las noticias que llegaban de Málaga que decían que se habían producido fusilamientos y que algunos hombres del pueblo habían sido fusilados. La familia, con riguroso luto, se recogió en su domicilio, y todo quedó en el interior de sus corazones: no se podía hablar, comentar o intentar decir a los cuatro vientos tan horrible crimen. Continuará. |