Por las siniestras cumbres del olvido renuncian a su enmienda los humanos, y se proclaman autovencedores por haber derrotado a su conciencia. Es la eterna razón del pusilánime, que ateniéndose a débiles axiomas construye el teorema a su capricho, confunde la partida y la llegada, uniforme con el uniformado, y así el remordimiento se le antoja una carga pesada y sin provecho. Solamente su yo es lo que importa, y unidos a su afán y su egoísmo predican ser la parte del problema pero nunca de alguna solución. Ni siquiera son duros ni maleables, son amorfos, sin forma, deformados, y así son deformables sus argucias de no aceptar el compromiso mínimo. Pretenden al futuro moldearlo a su eterno convenio y albedrío, y si otorgan favores es a cambio de recibir por ellos recompensas. |