J. Capaverde. (El seis). Así como el asesino despiadado; destroza a sus víctimas, (en el orden de sus ensueños “demenciales”) lentamente, separando quirúrgicamente, los miembros inferiores de los superiores, extirparles el pene, castrarlos, para después decapitarlos, y sacarles los ojos, hasta arrancarles la vida, con una daga de fino acero. Como el hombre elegante y lúcido, que dedica su vida a los grandes negocios, y a su adorable familia, es invadido por la “desventura”, y en un momento determinado lo devora la esquizofrenia, y lleno de terror o cierta alegría, existe en otra realidad.
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O el antiguo alquimista, que se pasaba toda su vida; buscando encontrar la piedra filosofal, mientras los segundos de cantera, los minutos de cobre, las horas de hierro, y los días de metal ardiente, lo sepultaban inmisericorde, hasta quebrarle el ánimo, y la espalda. El joven de mirada viscosa, que está lleno de torbellinos pasionales, de ecos extraños, que invaden su testa embotada, y busca la complicidad de la oscuridad, para fornicarse a su bella madre, que encantada lo espera todas las noches lluviosas, cantando una excitante canción. Las actividades antes señaladas, no se pueden trasmitir, “el método del conocimiento” es de índole personal. Aunque cualquiera de los cuatro sujetos en cuestión, traten de ser los protagonistas de un seminario, estarían exponiendo sólo experiencias personalísimas, una parcial apreciación de los hechos, una “liturgia” particular llena de luces y símbolos, una letanía “maldita” sólo pronunciada por ellos, y en el mejor de los casos… entrarían en éxtasis con tan sólo cerrar los párpados azules. Este es un ejemplo para el joven que me pregunta: ¿Es posible instruir en la técnica del arte? ¿Se puede enseñar a hacer literatura?, ¿Las escuelas de letras, pueden forjar poetas, prosistas?, ¿En un taller literario me pueden enseñar a crear una obra de arte? ¡Claro qué no! Ser artista es una acción individual, donde el hombre tiene que adentrarse, y buscar su propio lenguaje, su expresión, y su voz, entre el universo de lejanas palabras.
J. CAPAVERDE
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