SIERRA BRAVA   Juan Perea Cerón

 

PRÓLOGO

"Con tres heridas viene:      
la de la vida,      
la del amor,      
la de la muerte".      

Con estos subliminales versos de Miguel Hernández, quiero yo comenzar a hablar, sobre mi amigo el poeta, Juan Perea Serón:

Cuando conocí a Juan me quede profundamente sorprendida ante su calidad humana, su exquisita memoria, la claridad y la belleza de sus toscas palabras.

Me sobrecogió enormemente la pureza de su arte, poeta genuino y personalisimo, inigualable e inimitable, auténtico autodidacta hecho a golpes y golpes de corazón, latido a latido, con la fuerza del viento y el esplendor del agua. Apasionado y visceral, noble y sencillo, amigo de sus amigos siempre y siempre dispuesto para una sonrisa.

De una seriedad imperturbable, formal y sincero. En este su segundo libro nos encontramos con la frescura de unos poemas que corren libremente, fluyen de él como un riachuelo cristalino y virginal; poemas sin confeccionar, sin retoques y mucho menos medidos. Lo hallamos tal cual sale de la boca del autor, de su mente, de su espíritu modelado en el sentir de la sierra, su amada sierra donde se descubrió como hombre, en ese estrecho contacto con los elementos vivos, cuerpo a cuerpo con la tierra, donde fue forjado con el mejor acero, el de la soledad con el mismo, ese encuentro con su "yo" a plena luz, y ese amor grande e innato por todo lo existencial.

Porque Juan es capaz de sentir con unos sentimientos casi sangrantes, es capaz de sentir por el hombre, por un conejillo, por su perro, por sus cabras o por un gorrión que pasara volando ante sus pequeños ojos azules.

Poeta de nacimiento, cabrero y guardacoches de profesión, él fue un niño solitario que creció sin madre, que no fue a la escuela, que tuvo que ponerse a trabajar a muy temprana edad, a cuidar sus cabras al amparo de la sierra; tal vez por eso tenga esa forma de sentir la vida, de ver las cosas bajo ese prisma suyo tan especial, tan filosófico, con ese espesor y esos contenidos tan reales casi casi llevados a flor de piel.

Profundo y a la vez cotidiano, sus vivencias, con sus penas y sus alegrías, quedan fundidas fuego a fuego con sus versos, sin forma, sin ninguna academia, sin ninguna medida ajeno a todo eso, sin ningún conocimiento de ninguna de esas tramas. Él empezó a crear, porque Juan es un creador, un juglar, él saca de sus entrañas mismas todo lo que pone en su boca y que alguien, unas veces unos y otras veces otros, plasman sobre cualquier libreta, así sin más.

En este libro hallaremos poemas que nos harán pensar en lo irreal y lo absurdo por lo que el hombre se preocupa hasta dejarse la piel. Nos hará pensar en las fragancias de la tierra madre y en los gestos nobles, nos hará pensar en la vida y también en la muerte, y en el amor, y en la amistad.

Pero sobretodo nos abrirá los ojos, nos retirará el velo, ese velo que no nos deja ver lo que se esconde tras esos hombres y mujeres de a pie. Personas que marchan por su vida sin tan siquiera saber qué es un diploma o qué es una licenciatura. Muchos de ellos, como Juan, han tenido la suerte de recibir ese toque de gracia y como si tal cual lo llevan, sin ninguna presunción, serenamente, como el que lleva un abrigo para quitarse el frío del invierno. Sin nada especial, con la sencillez de una candela de leña, de un gajo de uvas o un puñado de higos.

Es así, esa es su vida y esos son sus versos, uno a uno creados casi sin esfuerzo con un ingenio cuajado de sabiduría natural. 

La voz del pueblo más pura
la voz que parió la sierra
el desgarrar de la tierra
un puñado de hermosura.
Tiende con sus poesías
sus palabras a los vientos
cargada de sentimientos
sus cándidas sinfonías
Tranquilo como la brisa
sentido como el amor
sencillo como la flor
siempre lleva una sonrisa.
Así es Juan Perea Serón
tan humilde, tan amable
poeta de corazón.

Juan Perea Serón nació hace sesenta y siete años en Alhaurín el Grande, casado y padre de seis hijos, ejerció como cabrero durante treinta años, realizando las tareas de albañil y guardacoches durante otros tantos.

Actualmente, y ya jubilado, vive con su mujer y sus hijos en Alhaurín de la Torre. Pertenece al grupo poético El Torreón y colabora con su revista poética de ámbito municipal; es miembro fundador de las tertulias del Portón, donde cuenta con numerosos amigos e incondicionales admiradores.

Dichoso tú, que, alegre en tu cabaña,
mozo y viejo espiraste la aura pura,
y te sirven de cuna y sepultura
de paja el techo, el suelo de espadaña.
En esa soledad, que libre, baña
callado sol con lumbre más segura,
la vida al día más espacio dura,
y la hora, sin voz, te desengaña.
No cuentas por los cónsules los años;
hacen tu calendario tus cosechas;
pisas todo tu mundo sin engaños.
De todo lo que ignoras te aprovechas;
ni anhelas premios, ni padeces daños,
y te dilatas cuando más te estrechas.

FRANCISCO DE QUEVEDO

Dtra. De la revista poética,   El Torreón. ENCARNI JIMÉNEZ MONTES    Amiga

Prólogo        

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