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Al-Ándalus Construcciones Sánchez Montero |
Retales del 11- M
Algunas señoras comienzan a calcular el porcentaje del importe del billete que RENFE deberá reembolsarles cuando lleguen a Madrid, dato que cautiva las mentes de los presentes, que en seguida empiezan también a hacer números. Otra pareja de amigas de avanzada edad se preocupa por la posibilidad de perder el tren de enlace que deben coger en la estación de Chamartín para llegar a su destino. Es en este momento cuando tres amigos de mediana edad que viajan sin sus familiares comienzan a bromear con la posibilidad de que se haya localizado un paquete sospechoso en la vías y el retraso se deba a que haya expertos examinándolo antes de dar paso al tren. Uno de ellos, sin duda el único que tiene dos dedos de frente, le pide al otro que no se mofe de ese tema y el resto de pasajeros del vagón en el que viajan empiezan a dar señales de nerviosismo ante esta perspectiva en la que no habían pensado.
Finalmente el tren reanuda su marcha y el revisor pasa por cada uno de los vagones explicando que nos encontramos en Mora de Toledo (este es el topónimo real de lo que anteriormente hemos denominado con la expresión en medio de ninguna parte) y que llegaremos a Madrid con un retraso de entre 30 y 40 minutos debido a que el tren que nos precedía se había averiado y no habíamos podido continuar hasta que abandonó las vías. Mucho más tranquilos, los viajeros vuelven a sus pensamientos iniciales acerca de la devolución de dinero y la falta de tiempo para cambiar de estación. Esta situación vivida el pasado jueves 6 de mayo nos da una idea de que la tragedia del 11 de marzo aún sigue siendo una de nuestras peores pesadillas, un mal sueño en el que no queremos volvernos a ver inmersos, y cuyo recuerdo provoca escenas de extrema preocupación entre los españoles. Hoy se cumplen dos meses desde la terrible masacre y las medidas de seguridad se han reforzado en todas las estaciones españolas: sin ir más lejos, en Málaga se han instalado dos scanners en la entrada y un guardia de seguridad viaja a bordo de cada tren. La estación de Atocha ha vuelto a la normalidad y la gente sigue paseando por ella sin mostrar temor, hasta el punto de que se continúan viendo ancianos que recalan allí sólo para leer el periódico y echar una cabezadita de vez en cuando. Otros prefieren quejarse por la implantación de estas medidas preventivas y tratan de obstaculizar a los cuerpos de seguridad negándose a pasar los bolsos pequeños por el scanner. Pero como nunca llueve a gusto de todos siempre habrá quien se moleste tanto por el exceso como por el defecto de precauciones. Por esta vez esperemos que lleven razón y que dentro de unos años podamos asegurar que las medidas fueron exageradas. Todo con tal de que no vuelva a repetirse tremenda tragedia en ningún lugar del mundo.
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