" LA INMORALIDAD DE NUESTROS
GOBERNANTES "
Francisco Javier Galán Palmero. 07.02.03.
La presente reflexión es general y va dirigida
contra la forma de gobierno o la actuación de los cargos públicos en nuestra
organización administrativa, no va dirigida contra nadie en particular pero
como dice el refrán: "Quien se pica, ajos come".
El poder es una droga dura y fuerte, por él se
hace y padece mucho más que por la familia o la salud.
Por el poder se pone en riesgo el matrimonio, los
hijos, la salud. Para el mismo no hay ni día ni noche.
Para mediar en política, para conservar el puesto
se someten a toda clase de vilezas: se traiciona a los amigos, se traiciona la
moral, las reglas de ética social, las propias convicciones. Todo por el poder
y para conservarlo.
El poder cambia a las personas. Lo primero que
aprecia el "cargo público" es la adulación
de los demás. Esta adulación cae en el absurdo y el ridículo y el político ni
se entera: cuando habla se le escucha, se ríen sus chistes, se le invita a
todos los acontecimientos sociales, le salen amigos por todas partes.
Otro peligro son las exigencias. Todos los que en
su día le ayudaron le piden ahora cuenta, y quieren rentabilizar
"la inversión que hicieron en él", pero esto no es lo más grave:
para seguir teniendo apoyo en el futuro tiene que seguir pagando estos apoyos.
Otro problema que tiene es el miedo a perder el
puesto o caer en desgracia dentro de su propio partido. Lo que le preocupa no
es solo el enemigo sino sus propios compañeros políticos. Cuando hablan con
sus jefes políticos nuestros cargos públicos se ponen a pensar en si le habrán
caído bien al jefe, si el apretón de manos del jefe ha sido cálido o no.
El dirigente político no tiene familia (no la ve),
ni tiene amigos (desconfía de ellos), tiene compañeros de fortuna, aunque no
de desgracia porque cuando cae en "desgracia política"
todos los amigos le abandonan.
La única lívido que tiene es el poder. Aparece la
gran tentación, porque el político ha salido de la nada y a ella puede
retornar al cabo de unos años, con pocos amigos y muchos enemigos.
El político que pierde su puesto tiene que
regresar a su punto de partida y no es fácil acostumbrarse a la falta de
adulaciones, a tratar con los poderes económicos, a no tener invitaciones
sociales.
¿Cómo se consuelan una vez que se han acostumbrado
a la dulzura del poder y a una vida que no esta al alcance de su bolsillo
privado?. Es el paso a convertir su oficio político en un negocio.
En la historia siempre han habido políticos
corruptos y algunos que sinceramente son honestos.
Hoy en día, en nuestra sociedad al político se le
considera en general no como un servidor público sino como una persona que se
aprovecha de su puesto en beneficio propio.
Y lo que es más grave es que son los propios
cargos públicos honrados los que no se atreven a denunciar a los políticos
manchados. ¿O cómo es posible sino qué se produzcan tan pocas sentencias o
denuncias en los Juzgados, con las actuaciones irregulares de nuestros
políticos?.
Lo que se consigue con ello es la apreciación
social de que todos los políticos terminan revueltos en la misma cesta, porque
hoy en día cualquier gestión pública, convenio, obra pública, concesión,
puesto de trabajo a dedo, etc... va unido al tráfico de influencias, e incluso
en los casos más graves se producen sobornos. Todo ello hace que en las
elecciones se produzcan más de un 40% de abstención y que entre los jóvenes,
esa indiferencia hacia los gobernantes sea mayoritaria.
Y por último lo más grave es la corrupción moral
en una situación donde el único interés existente es el negocio, sin importar
los valores, la libertad de las personas o la solidaridad.
Fdo.: Francisco Javier Galán Palmero