Artículos de Opinión y
Colaboraciones
Artículo en exclusiva para alhaurin.com sobre la situación de guerra entre
Israel y Palestina. La autora, una amiga, trabaja en un organismo español
en Tel Aviv y analiza con nuestros ojos -españoles- aquel conflicto. No podemos
dar su nombre completo por motivos de seguridad.
La pesadilla de Israel por C.R.P.
C. R. Tel Aviv. Israel.
16.04.03.
Once de la mañana del día de Ha-Zicarión, día de los caídos. Suenan
las alarmas en todo el país y como en un sueño, todo se detiene: los peatones
permanecen quietos en actitud de respeto, los conductores estan de pie al lado
de la puerta abierta de sus vehículos, los autobuses han parado en mitad de la
calzada, las conversaciones han quedado paralizadas. Las sirenas ululan durante
dos minutos. Cuando callan, Tel Aviv recupera su ritmo frenético.
A los extranjeros nos han avisado del sonar
de las alarmas para evitar que erróneamente concluyéramos que la ciudad era víctima
de un bombardeo. La tensión que se vive en la zona bien pudiera provocar
situaciones de pánico. La misma escena se repitió el día de Ha-Shoah, o día
de recuerdo de la víctimas del Holocausto.
Me cuentan que, antes de la Intifada, el día
de hoy era un día de recogimiento. Al caer la tarde y aparecer las primeras
estrellas, estallaba la alegría por el inicio de una nueva fiesta : Ha-Azmaut
o día de la independencia. Este año no va a ser así. No va a haber
verbenas populares ni alegres cenas en los barrios ni picnics multitudinarios en
los parques ciudadanos.
Israel está viviendo también, a su
manera, una pesadilla.
Es difícil penetrar en eso que se ha dado
por llamar “psicología de una colectividad”. Aunque todos los israelís de
religión judía se consideran el pueblo elegido (y esta creencia está más
arraigada de lo que el sentido común de una extranjera española puede
concebir) resulta difícil ver la homogeneidad en esta sociedad que se construye
y reconstruye a diario : hebreos de todas las procedencias coexisten sin acabar
de fusionarse, sin dar otra imagen cohesionadora que la del enemigo común.
Israel -como estado- tiene una muy breve
historia y toda ella plagada de victorias militares. El pueblo judío tiene, en
cambio, una historia muchísimo más larga y toda ella plagada de expulsiones,
violencias y aniquilaciones.
El territorio que internacionalmente se
reconoce a Israel es muy pequeño y la presencia de los países vecinos, árabes,
ayuda a convencerlos de que su existencia pende de un hilo. No creo que ningún
pueblo tenga tanta memoria para recordar las afrentas (¿cómo dar crédito a
las acusaciones de la expulsión en 1492 que
algunos judíos personifican con vehemencia en nosotros?) ni más sensación de
victimismo que éste. En cierto sentido asumen que el privilegio de ser el
pueblo escogido debe pagarse con sangre, cómo lo fue en el pasado, como sucede
hoy, como están condenados a seguir en el futuro.
La inseguridad causada por los atentados
suicidas palestinos no es gratuita. Las organizaciones islámicas terroristas
demuestran con demasiada frecuencia la vulnerabilidad de Israel. ¿Cuál es la
reacción ciudadana? Arropar a Sharon en su política exterminista, afirmar su
nacionalismo cuando arrecian las críticas internacionales, vivir como
antisemita cualquier manifestación contraria a la política del gobierno. Viven
convencidos del odio generalizado que creen despertar, viven convencidos de que
el “árabe es malo” y que el único amigo que tienen en el mundo son los
Estados Unidos de América. Este análisis puede parecer excesivamente simplista
pero estas ideas básicas no están muy alejadas del maniqueísmo de la
administración Bush y del infantilismo –peligroso- de su política
internacional.
La actual escalada militar en la que
parecen confirmarse las posibilidades de masacres sobre la población civil
palestina son vividas, en Tel Aviv, con dolor: pero pocas veces se habla de los
muertos palestinos. Las cuentas sólo se llevan por los soldados israelíes. Y
nadie parece discutir la necesidad de creación de ese “muro defensivo” ni
nadie parece considerar las posibles alternativas.
En esta masa amorfa surgen voces de
inteligencia y sensibilidad: intelectuales israelíes de prestigio –la mayoría
pertenecientes a la izquierda israelí- han denunciado la política de
asentamientos y han abogado por la creación de un estado palestino y por una
salida política y negociada a la crisis. También ciudadanos anónimos
(agrupados en movimientos como Peace Now)
se muestran infatigables en sus tareas de denuncia. En el mismo ejército, se
han dado casos de objeción a “trabajar” en los territorios ocupados contra
población civil... No son muchas las evidencias en este sentido pero abren una
brecha a la esperanza.
Me llamó poderosamente la atención, en
una de las concentraciones que semanalmente convoca la organización Peace
Now una pancarta escrita en inglés: “Don’t
say: I didn’t known” (No digas: yo no lo sabía). El mensaje era/es clarísimo:
la sociedad israelí cierra los ojos a las atrocidades que está cometiendo su
ejército en Jenin, en Nablús en cualquier punto susceptible de albergar
terroristas. La sociedad israelí, como la alemana en su momento, no debería
poder decir que nunca supo de los derechos humanos pisoteados, de las
muertes gratuitas, del encarnizamiento sobre la población civil
palestina, de las posibles masacres y los posibles crímenes contra la
humanidad.